La pasajera ira de Dios

La Biblia dice en Salmos 103: 9 No contenderá con nosotros para siempre, ni para siempre guardará su enojo.

La Biblia habla mucho sobre el amor de Dios, pero también habla de la ira de Dios. Ambas actitudes divinas las encontramos expresadas intermitentemente tanto en el Antiguo Testamento como en el Nuevo Testamento. Dios ama profundamente, por supuesto, pero también Dios aborrece de igual forma.

A los seres humanos nos encanta hablar y recibir el amor de Dios porque su compasión hace la vida más llevadera. David escribió al respecto: Mejor es tu misericordia que la vida, Señor. Y es que la compasión divina y la bondad celestial nos permiten enfrentar nuestros temores con valentía y coraje.

Una gran diferencia entre el amor de Dios y la ira de Dios radica esencialmente en el tiempo. A Jeremías, el Señor le reveló respecto a su bondad para con su pueblo lo siguiente: Con amor eterno te he amado. Su naturaleza es amor hacia sus criaturas, hacia su pueblo y hacia quienes creen en él.

En cambio su ira dura un momento, según leemos en el texto que hoy utilizamos para meditar. No contiende para siempre, ni para siempre guarda su enojo. Así lo demostró con su pueblo, por ejemplo, en el desierto. A pesar de sus rebeliones los llevó a la tierra prometida y los introdujo.

Así sucedió también cuando fueron llevados cautivos por su pecado y desobediencia a Babilonia. Setenta años estuvieron en ese lugar y al cabo de los cuales retornaron a su patria porque “no se querella eternamente ni para siempre guardar rencor”, como dice la versión Biblia de Jerusalén en este verso.

De hecho el Señor siempre muestra su rostro de compasión, sin embargo la maldad recurrente de los seres humanos, su pueblo y los creyentes hacen que su ira se desate, pero siempre es por un tiempo determinado. Su ira acaba cuando arrepentidos nos dirigimos a él y reconocemos que hemos hecho mal, que hemos afrentado su santidad.

David había experimentado en carne propia esa parte de Dios cuando pecó con Betsabé por eso sabía perfectamente que la ira de Dios pasa y su amor permanece porque de no ser así nadie podría estar con vida. Allí está Sodoma y Gomorra como ejemplo. Y todas aquellas naciones que levantaron su puño contra el Creador. No son más. Han perecido.

Pero nosotros, su pueblo, sus hijos, estamos seguros que su ira se apaciguará y dejará de contender contra nosotros por su amor que es eterno.

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