Una vida de luz

La Biblia dice en 2º Libro de Samuel 21: 17

“…Nunca más de aquí en adelante saldrás con nosotros a la batalla, no sea que apagues la lámpara de Israel.”

David era un símbolo para su pueblo. Su presencia le daba renombre a su ejército. Era el líder indiscutible de su nación y su solo nombre era prestigio para Israel al salir a la guerra contra sus enemigos. Eso lo sabían bien sus generales que durante una de las tantas batallas que tuvieron contra los filisteos le pidieron que ya no saliera con ellos a la guerra.

La mitad de su vida David la había pasado en campos de guerra y como era lógico llegó el cansancio físico a su vida. En una de las tantas guerras que tuvo con los filisteos de pronto le faltaron fuerzas y uno de sus enemigos estuvo a punto de quitarle la vida, de no ser por Abisai que llegó en su ayuda e hirió al filisteo y lo mató.

Fue entonces que sus subalternos decidieron que David ya no saliera a las batallas, no por falta de valor ni por temor a la muerte sino porque su desaparición física sería una tragedia no solo para  su familia, sino para toda la nación hebrea que tenía en su rey guerrero al hombre que los animaba y motivaba.

Su vida era un luz que alumbraba no solo por su valor y empuje a la hora de luchar contra los adversarios de Israel, sino por su determinación de buscar a Dios y llevar a su pueblo a la adoración. Su consagración a Dios, luego de su tropiezo con Betasabe confirmó entre su pueblo su capacidad para dirigir a su nación con apego a las ordenanzas de Dios.

La vida de David iluminaba a su pueblo por una razón fundamental: David se alimentaba de la luz de Dios. Esa luz que resplandece y que disipa toda tiniebla y por eso para sus soldados era de un valor incalculable y también por eso era necesario cuidarlo y protegerlo a fin de siguiera alumbrando a su nación.

En la vida de los seres humanos puede haber luz, pero también puede haber oscuridad. Dependiendo de quien o a qué se acerca. Quien se acerca a Dios tiene garantizada la luz que alumbra. El salmista decía de la palabra de Dios, lámpara es a mis pies tu palabra y lumbrera a mi camino. La luz de Dios la encontramos en su Escritura.

Pero también en este mundo nos podemos encontrar seres oscuros, seres sin luz que deambulan tropezándose una y otra vez, sin saber a donde se dirigen porque no pueden ver. Estoy hablando en términos espirituales. No han querido o no quieren acercarse a la luz de Dios para que su existencia brille.

Cristo quiere que seamos luz, por eso nos dijo que éramos la luz del mundo que ilumina esta densa oscuridad.

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