Hebreos 11: Una fe probada y aprobada

Introducción al capítulo 11 de Hebreos

La carta a los Hebreos fue escrita para animar a los creyentes judíos que habían aceptado a Jesús como el Mesías. Enfrentaban una situación difícil porque después de la resurrección y ascensión de Cristo en Jerusalén el templo seguía con sus actividades encabezadas por los sacerdotes y levitas; los fariseos y escribas allí seguían. Nada parecía haber cambiado.

Los milagros y portentosas obras ocurridas durante el ministerio de Cristo y el tiempo del Pentecostés cuando el Espíritu Santo estableció la iglesia sobre la tierra parecían hechos muy distantes para ellos.

Muchos estaban desilusionados, otros ponían en tela de juicio sus creencias, otros habían dejado de congregarse y otros más definitivamente habían apostatado de la fe. La realidad los había superado o los estaba superando y por eso el autor de la carta, que por cierto se desconoce, les escribe un poderoso ensayo sobre la superioridad de Cristo.

Superior a los ángeles también muy, pero muy, por encima de Moisés, Cristo se presenta como el autor y consumador de la fe a Hebreos a los que se les advierte que la incredulidad nunca ha rendido frutos a nadie, que la incredulidad lo único que hace es fastidiar al Señor y por ello debe evitarse a toda costa.

En esta carta encontramos las más serias advertencias contra rebelión y la apostasía cristiana, pero también encontramos el más grande de los poemas a la fe. El autor dedica un capítulo completo para hablarnos de la naturaleza de la fe y de sus grandes practicantes, hombres y mujeres de carne y hueso, con múltiples contradicciones.

Al autor de la carta le interesa dejar claramente el concepto de la fe. No quiere dejar ni un solo cabo suelto para sus lectores y se esfuerza grandemente en encontrar una definición de un concepto sumamente complejo para la mente natural y su gran contribución es que no solo define la fe, sino también la acompaña de muchos, muchos ejemplos.

Enseñar sobre la fe sin tener referentes es muy difícil porque para que la gente aprenda debe acercársele muchos ejemplos y eso hace Hebreos 11, nos acerca a hombres y mujeres que en situaciones completamente distintas, pero en las que requerían del auxilio del Señor, se aferraron y confiaron totalmente al Señor y recibieron su ayuda.

Hebreos 11 es una especie de lección que tienen que tomar todos aquellos que han abrazado la fe en Cristo Jesús. Es un recorrido por la historia de Israel donde hombres y mujeres desde tiempos tempranos manifestaron cómo, cuándo y dónde se debe confiar en el Creador.

El método que emplea es muy sencillo: la fe acompañó a los hombres antes del diluvio, siguió durante el tiempo de los patriarcas hasta los días de Moisés y continuó durante el establecimiento de Israel en la tierra prometida.

Ese recorrido es indispensable para saber que se espera de nosotros a los que el Espíritu Santo nos ha alcanzado en estos días, pero es también una especie de gran espejo donde podemos reflejarnos para saber si estamos honrando la bendita memoria de hombres y mujeres como Abel, Enoc, Noé, Abraham, Sara, Isaac, Jacob, José, Moisés y Rahab.

Es notorio que el autor de la carta tenia un dominio completo del Antiguo Testamento. Tenía una solvencia muy sobrada para citar con exactitud a cada personaje acomodándolo en su tiempo para auxiliar a unos creyentes que a pesar de tener este cúmulo de hombres y mujeres de fe les resultó difícil confiar en Dios.

Llama poderosamente la atención que en tres ocasiones utiliza la frase “por ella alcanzaron buen testimonio los antiguos” la referirse a la fe de quienes escribe. El autor quiere que sus lectores comprendan que un buen testimonio o una evidencia que causa buena reputación o buena fama nace de la fe.

La frase “alcanzaron buen testimonio los antiguos” nos permite entender que todos estos hombres no nacieron con fe. Tuvieron que aprender. Tuvieron que afrontar una serie de condiciones adversas para ejercitar su seguridad y certeza de que Dios estaba con ellos, aun cuando no lo vieran.

La fe es una acción. Una acción que nace generalmente de situaciones en las que la única alternativa es confiar en Dios. Cuando no queda más que hacer según la razón humana y tenemos que extendernos o abrazar a Dios como nuestra única realidad para hacer frente a situaciones que parecen rebasarnos.

Además de las menciones directas de esos diez personajes mencionados líneas arriba, de manera implícita se menciona a Israel en su conjunto cuando dice “que pasaron el Mar Rojo” y también cuando señala “que por la fe cayeron los muros de Jericó después de rodearlos siete días.”

Es necesario señalar que no es una revisión exhaustiva. Tampoco es una lista definitiva. La falta de tiempo y espacio hace difícil resaltar la fe de jueces como Gedeón, Barac, Sansón, y Jefté, pero también de hombres como David, Samuel y tantos y tantos profetas que confiaron en Dios con todo su corazón y nos legaron actos de fe muy aleccionadores.

El autor recuerda estas manifestaciones de fe: conquistaron reinos, hicieron justicia, alcanzaron promesas, taparon bocas de leones, apagaron fuegos impetuosos, evitaron filo de espada, sacaron fuerza de debilidad, se hicieron fuertes en batallas y pusieron en fuga ejércitos extranjeros.

Pero la fe no es una cuestión exclusiva de hombres, también las mujeres tienen su aportación y las mujeres de antaño recibieron sus muertos mediante resurrección, más otros fueron atormentados, no aceptando el rescate, a fin de obtener mejor resurrección y otros experimentaron vituperios y azotes y prisiones y cárceles.

El escritor de la carta a los Hebreos define en una frase a todos estos personajes: “De los cuales el mundo no era digno.” Su fe sobrepasaba en mucho la piedad que este mundo podía comprender y sencillamente su confianza en Dios los hacía verdaderos mártires de una fe que resulta incomprensible para el promedio de las personas en este mundo.

Una fe probada y aprobada

I. Definición de fe
II. La fe antes del diluvio
III. La fe de los patriarcas
IV. La fe de Moisés
V. La fe de los israelitas
VI. La fe de jueces, reyes y profetas
VII. Conclusión

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