La terquedad

La Biblia dice en Proverbios 29: 1

El hombre que reprendido endurece la cerviz, de repente será quebrantado, y no habrá para él medicina.

No hay nada más complicado en esta vida que tratar con un hombre o mujer terco. Siempre quieren tener la razón, siempre quieren que prevalezca su voluntad y permanentemente desean que se haga lo que ellos o ellas dicen. Su incapacidad para reconocer o ceder es enorme y la única manera de convivir con ellos es o no diciéndoles nada o dejarlos hacer.

El rey Salomón, autor de los proverbios judíos, nos alerta seriamente para evitar caer en esta tristísima condición porque es la antesala de la destrucción. La obcecación u obstinación son parientas cercanas de la terquedad, un defecto del alma que produce siempre seres incapaces de cambiar malos hábitos y malas acciones cuando se les señalan.

La versión de la Biblia llamada Nueva Traducción Viviente escribe así el texto que hoy meditamos:  Quien se niega tercamente a aceptar la crítica será destruido de repente sin poder recuperarse. La Nueva Versión Internacional lo traduce así: El que es reacio a las reprensiones será destruido de repente y sin remedio.

La versión Dios Habla Hoy lo hace de la siguiente forma: El que se pone terco cuando lo reprenden, pronto será destruido sin remedio. En tanto que la Traducción al lenguaje actual lo hace de la siguiente forma:  Quien no acepta las reprensiones será destruido, y nadie podrá evitarlo.

La palabra dominante en casi todas las versiones es la expresión “terco”, “terquedad” o “tercamente”. La terquedad es una de las peores actitudes que podemos asumir cuando alguien nos llama la atención por nuestra actitud temeraria o ante acciones que ponen seriamente en riesgo nuestra vida.

Esa actitud refleja nuestra obstinación y nuestra determinación de no cambiar de actitud a pesar de que lo que estamos haciendo esta mal o está equivocado. Cuando se nos llama la atención, se nos critica o se nos reprende debemos tener la sensibilidad para deponer nuestra soberbia y altivez y humildemente reconocer nuestra equivocación.

La terquedad jamás ha pagado bien a nadie. Nos hace testarudos, nos convierte en seres con los que resulta difícil dialogar porque siempre creen tener la razón y en consecuencia cuando se les dice que están errados se ponen en una actitud insolente y grosera que hasta ofenden y lastiman a quienes les llaman la atención.

El proverbista alerta ante esta clase de actitud porque generalmente conduce a la destrucción de la vida de las personas que viven tercamente. Aún terco ni lo sigas, ni lo contradigas, parece ser la mejor resolución.

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