Dios es manantial y luz en nuestras vidas

La Biblia dice en Salmos 36:

Porque contigo está el manantial de la vida; en tu luz veremos la luz.

David encontró en Dios la fuente o manantial de la vida y la luz para caminar sobre este mundo. Su vida tuvo grandes enemigos que lo persiguieron y la pusieron en peligro muchas veces. El hecho de que reconociera a Dios como fuente de vida y luz le permitió luchar contra la amargura para bien vivir, además de sortear con éxito todas las adversidades.

La vida del rey de Israel encontró la razón de su existencia en Dios. Su vida estuvo en peligro desde que era un adolescente cuidando las ovejas de su padre, luego al enfrentar a Goliat y a todos los filisteos y siempre Dios lo salvó. De hecho murió lleno de días en la cama de su hogar.

David sabía perfectamente que su vida dependía de Dios. Él debía cuidarse y protegerse. Pero cuando fue necesario huyó. Vivió muchos años en el desierto para preservar la vida, pero en definitiva sabía que al final de cuentas su vida dependía del cuidado y protección divina, por eso declara que en Dios está el manantial de la vida.

El Señor es el que la conduce y hace que se mantenga como un manantial del que brota y brota agua sin detenerse. En Dios la vida fluye así. Por su pura voluntad y su deseo David y nosotros, vivimos. Él es la fuente de vida, no nosotros ni nadie más. No solo de la vida física sino de la existencia llena de satisfacciones. Dios nos da la vida y hace que la disfrutemos.

Dice David que en su luz veremos la luz. La oscuridad reinante en nuestras vidas y en este mundo solo puede ser disipada por la luz de Dios. David se siente privilegiado porque sabe que hay quienes están condenados a vivir en oscuridad, pero él esta convencido que Dios es tan bueno que nos da su luz divina.

La presencia de Dios en nuestras vidas garantiza la vida y la luz. Dios nos da la bendición de vivir y nos da la capacidad de ver a través de su iluminación para escoger el camino que nos lleve a él una y otra vez que es la fuente de todo bien.

Qué bendecidos somos porque ni nos ha dejado huérfanos, ni estamos solos, su presencia poderosa nos acompaña siempre y a través de ella podemos disfrutar nuestra existencia evitando la oscuridad que hace tropezar y que evita que lo veamos a Él.

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