Las preguntas de Jesús: ¿Dices tú esto por ti mismo, o te lo han dicho otros de mí?

Dice la Biblia en Juan 18: 34

Jesús le respondió: ¿Dices tú esto por ti mismo, o o te lo han dio otros de mí?

Introducción

El diálogo que sostuvo Jesús con Pilato nos permite acercarnos a un encuentro que el gobernante romano había deseado. Por fin tenía frente así al famoso predicador galileo que había revolucionado en unos cuantos meses las enseñanzas judías; a las cuales este enviado de Roma solo le prestaba atención cuando se relacionaba con su administración.

Jesús había generado una gran confusión entre los gobernantes judíos y los representantes del imperio romano. Llamarse el Hijo de Dios preocupaba al sanedrín hebreo, pero que lo llamaran el rey de los judíos provocaba en el gobierno romano profundas dudas sobre quien era en realidad ese personaje.

Sus milagros no los inquietaba tanto como el número de seguidores que cada día crecía, ya no solo en la región de Galilea, de donde era originario, sino con preocupación veían que su popularidad aumentaba en regiones como  Judea y particularmente en Jerusalén, donde sus seguidores lo habían vitoreado al entrar unos días antes de la Pascua.

Los gobernantes judíos y los mandatarios romanos buscaban una explicación lógica sobre Cristo, pero no la encontraban porque difícilmente podían escucharlo sin molestarse. Ese es un gran problema porque para conocer a una persona uno tiene que escucharla, oírla, saber lo que piensa, para, entonces, tener una opinión más o menos objetiva.

Pilato tenía algunos referentes sobre Cristo. Su esposa sabía de él. De hecho antes de comenzar el juicio le pidió a su esposo que no tuviera nada que ver con ese justo porque había padecido mucho en sueños por él. La gente de todos los estratos sociales sabía de Jesús, pero no exactamente. No con precisión.

Cuando Jesús se encuentra con Pilato luego de ser detenido se produce un intercambio de palabras entre ellos. El diálogo que sostienen revela en mucho el profundo desconocimiento sobre la persona de Jesús que tenían los gobernantes romanos y judíos. A pesar de haber predicado por tres años no sabían ni qué enseñaba, ni quién era.

Ese es un mal generalizado no solo en esa época, sino en todos los tiempos. Las personas han oído de Jesús, pero en realidad no saben quién es ni qué hace. Tiene referencias, algunas reales, pero otras completamente equivocadas porque han sido incapaces de acercarse a él para oírlo y para conocerlo.

A Jesús se le puede conocer de manera personal, que debe ser lo más correcto, o se le puede conocer por lo que nos han dicho de él, pero esta segunda manera no es la mejor ni las más conveniente porque depende de lo que nos hayan dicho y no de lo que nosotros tengamos certeza.

Las preguntas de Jesús

¿Dices tú esto por ti mismo, o o te lo han dio otros de mí?

La imprescindible experiencia personal con Cristo

I. Para no equivocarnos sobre quien es
II. Para tener una opinión propia sobre él

En el Nuevo Testamento encontramos a muchos hombres y mujeres que se acercaron a Cristo sin saber exactamente si era un maestro o era Dios. Aunque era ambas personas, quienes lo buscaron comenzaron tratándolo como maestro y finalmente como el verdadero Dios que había venido a la tierra.

Sus doce apóstoles comenzaron a seguirlo sin saber bien a bien quien era en realidad ese hombre que hacía grandes milagros y tenía una enseñanza y forma de enseñar tan distinta a los maestros de su tiempo. Conforme pasó el tiempo se dieron cuenta que estaban ante el Hijo de Dios y a pesar de que les costó trabajo, finalmente se convencieron de esa verdad.

Cada uno de ellos experimentó de diferente manera su encuentro personal con Cristo. Fuera del círculo de los discípulos muchos enfermos, endemoniados y personas con diferentes necesidades encontraron a Cristo en un momento de gran crisis y experimentaron su poder y le comenzaron a seguir.

Cada uno de ellos tuvo una experiencia personal con el Señor que les quitó toda duda de quien era. Nadie tenía que decirles nada sobre Jesús. Ellos sabían perfectamente quien era Jesús por lo que habían experimentado en sus vidas. Ellos estaban convencidos de esa verdad que nadie podía arrebatársela.

Para tener un mejor contexto de nuestra pregunta, aquí el pasaje completo que hoy estudiaremos: Juan 18: 33-40

33 Entonces Pilato volvió a entrar en el pretorio, y llamó a Jesús y le dijo: ¿Eres tú el Rey de los judíos?  34 Jesús le respondió: ¿Dices tú esto por ti mismo, o te lo han dicho otros de mí? 35 Pilato le respondió: ¿Soy yo acaso judío? Tu nación, y los principales sacerdotes, te han entregado a mí. ¿Qué has hecho? 36 Respondió Jesús: Mi reino no es de este mundo; si mi reino fuera de este mundo, mis servidores pelearían para que yo no fuera entregado a los judíos; pero mi reino no es de aquí.  37 Le dijo entonces Pilato: ¿Luego, eres tú rey? Respondió Jesús: Tú dices que yo soy rey. Yo para esto he nacido, y para esto he venido al mundo, para dar testimonio a la verdad. Todo aquel que es de la verdad, oye mi voz.  38 Le dijo Pilato: ¿Qué es la verdad? Y cuando hubo dicho esto, salió otra vez a los judíos, y les dijo: Yo no hallo en él ningún delito.  39 Pero vosotros tenéis la costumbre de que os suelte uno en la pascua. ¿Queréis, pues, que os suelte al Rey de los judíos?  40 Entonces todos dieron voces de nuevo, diciendo: No a éste, sino a Barrabás. Y Barrabás era ladrón.

I. Para no equivocarnos sobre quien es

La pregunta que hoy estudiamos se la hizo Jesús a Pilato. Pilato era el procurador romano y encargado de gobernar Judea. Había sido enviado desde Roma a esas lejanas tierras de Israel y era el representante directo del emperador romano. La historia lo retrata como un hombre pusilánime. Sin los arrestos suficientes para imponer su autoridad.

Cuando tuvo a Jesús enfrente, lo primero que le preguntó fue: ¿eres tu el rey de los judíos? Preocupado más bien por saber si tenía intenciones de sublevar al pueblo de Israel o de encabezar una revuelta para expulsar a los romanos de la tierra santa de los israelitas. Ambas situaciones le preocupaban.

En realidad Pilato desconocía por completo las pretensiones de Jesús. A Cristo lo habían intentado hacer rey y él había rechazado el ofrecimiento y las intenciones de sus seguidores porque el plan divino no corría por ese camino. Pilato ignoraba completamente ese suceso y por eso le hace esa pregunta.

En este pasaje ocurre una de las tantas ocasiones en las que el Señor contesta un pregunta con otra pregunta. La intención es penetrar en el alma de quien hace el cuestionamiento para hacerle pensar un momento sobre lo que está intentando saber. Esta forma de dialogar exasperó a muchos como al propio Pilato.

El reino de Cristo era un reino espiritual. No era, ni es, terrenal. Eso no lo sabía Pilato y por eso preguntó. Fue entonces que Jesús le lanzó una de sus puntiagudas preguntas para hacerlo comprender o hacerle entender que no estaba frente a quien pensaba sino ante alguien superior.

Jesús quería que Pilato se cerciorara por sí mismo de quien es Jesús. Que no se dejará llevar por lo que oía o le decían otros. Nadie puede saber de otra persona si no la conoce. En el caso de Cristo esta es una verdad vital. No puedes saber quien es Cristo por otros, sino por ti mismo.

II. Para tener una opinión propia sobre él

Pilato se equivocó garrafalmente porque se dejó llevar por la opinión de otros sobre Jesús. A pesar de tenerlo tan cerca y haber tenido la oportunidad de conocerlo personales optó por seguir pensando lo que los gobernantes judíos creían sobre Jesucristo.

La pregunta que Jesús le hizo a Pilato procuró que entendiera que debía formarse una opinión personal sobre Jesús. ¿Lo dices por ti o porque te lo han dicho otros?, le preguntó y en lugar de contestar sencillamente, este hombre se exasperó con Cristo porque fue incapaz de reconocer que lo que sabía de Jesús era por lo que había oído de otros.

Pilato le preguntó a Jesús si era el rey de Israel. Una pregunta sumamente incómoda para él porque si Jesús le contestaba afirmativamente significaba el fin de su labor o empleo como emisario de Roma, pero aunque se la hizo, Jesús lo llevó a considerar si esa pregunta era en realidad suya o de otros.

Cristo quiere que tengamos una opinión propia de él. Que sepamos quien es él por una experiencia personal y no por los dichos de otros.

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