Acompañados en el desierto

La Biblia dice en Deuteronomio 2: 7 Estos cuarenta años Jehová tu Dios ha estado contigo, y nada te ha faltado.

El trayecto de Egipto a la tierra prometida duró cuarenta años. Pudo haber durado menos, pero la obcecación y dureza del corazón de lo judíos que salieron de la esclavitud hizo que el Señor se enfadará con esa generación y juró que no entraría a la tierra que fluía leche y miel y por cuatro décadas caminaron por el desierto.

Son múltiples las lecciones que uno puede aprender de esta determinación divina. La primera es que quejarse con Dios por las carencias no siempre es muy sabio. En diez ocasiones los hebreos murmuraron o hablaron mal contra Dios ante Moisés por la falta de agua, comida o a veces la inseguridad.

Ante esa actitud Dios resolvió que serían los hijos de ellos los que habrían de poseer la tierra que había jurado siglos antes que daría Abraham y su descendencia y el texto que hoy meditamos lo tome del discurso que Moisés le da justamente a los hijos de los que salieron de Egipto ya que habían muerto sus padres y por eso repite de nueva cuenta la ley de Dios.

Si bien Dios castigó a los hebreos rebeldes su castigo no fue para destruirlos o desaparecerlos de la tierra de inmediato, sino que durante todo el trayecto los sustentó dándoles alimento: el maná que descendía cada mañana para todos ellos es el mejor ejemplo de su provisión.

Fueron contumaces, pero Dios nos los abandonó. Siempre los amó y estuvo con ellos presente a través de la nube que los acompañaba de día y la columna de fuego por la noche, en una expresión infinita de su gran compasión con quienes no comprendieron sus planes y proyectos y rechazaron su sabia dirección.

El desierto prueba el corazón de los hijos de Dios. La soledad y la sensación de abandono son utilizadas por Dios para examinar el interior de cada uno de los creyentes. Se ha pensado mucho y se ha creído también que en el desierto Dios se ausenta. Nada más lejos de la realidad. Si Dios nos abandonará en esos momentos pereceríamos.

La verdad es que en el desierto su compañía y provisión se mantienen vigentes para sustentarnos y no morir. Nada les faltó a los judíos porque Dios estaba con ellos. No murieron de hambre. La mayoría de ellos falleció de muerte natural porque allí envejecieron, pero siempre tuvieron todo lo que necesitaron.

En los desiertos de la vida a donde Dios nos conduce de tiempo en tiempo, su presencia y cuidado siempre va con nosotros, aún a aquellos desiertos a donde vamos por consecuencia de nuestro pecado. Dios espera que comprendamos que su amor es para siempre y en cualquier circunstancia.

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