Una vida llena de satisfacción

La Biblia dice en Juan 7: 37 En el último y gran día de la fiesta, Jesús se puso en pie y alzó la voz, diciendo: Si alguno tiene sed, venga a mí y beba.

Jesús invitó a todos a venir a él. Ofreció para ello toda clase de bienes espirituales. Nunca ofreció bienes materiales. Ofreció descanso para nuestras perturbadas y atribuladas almas. Mi paz os dejó mi paz os doy, le dijo a sus seguidores convencido de que las necesidades de los hombres eran principalmente internas más que externas.

Los apóstoles que escribieron los evangelios, Mateo y Juan, así lo han dejado de manifiesto: Jesús ofreciendo también su agua viva para saciar la sed infinita que tienen todos los hombres y mujeres y que solo puede ser saciada por su bendita presencia porque con ella lo mínimo es suficiente.

Juan nos dice que Jesús ofreció el agua viva a la mujer samaritana insatisfecha con su vida, pero también la ofreció a los judíos que subían a la fiesta de los tabernáculos porque en esta vida se puede tener todo y aún así sentir un gran vacío en el alma y eso provoca buscar con que saciar nuestra permanente insatisfacción.

Ni dinero, ni placeres, ni aún la religión pueden llenar el vacío del alma. Solo Cristo nos puede saciar.

Y es que los seres humanos llenamos ese espacio con cualquier clase de entretenimiento o esparcimiento creyendo que de esa forma tendremos apaciguada nuestra alma, pero tarde o temprano descubrimos que a pesar de todo el vacío sigue allí sin disminuir sino acrecentándose.

Por esa razón Jesús ofrece a todos ir a él para beber el agua de vida. Una figura literaria para referirse al Espíritu Santo que llena tanto el corazón que lo vuelve un inagotable manantial de vida. El único requisito es que la gente venga, es decir, que las personas vayan o lleguen a Cristo.

Es un llamado para quien se reconozca con sed o con falta de satisfacción personal vaya con Cristo quien se encargará de saciar esa sed. Con humildad y sencillez aceptar que a pesar de todo lo que hemos hecho no logramos calmar la ansiedad de nuestro corazón. Cristo nos espera con los brazos abiertos.

Una alma satisfecha hace de las personas seres capaces de compartir lo mejor porque les quita toda amargura y resentimiento contra la vida y contra las personas porque están completas.

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