Hebreos 11: Una fe que no avergüenza a Dios

La Biblia dice en Hebreos 11: 13-16

13 Conforme a la fe murieron todos éstos sin haber recibido lo prometido, sino mirándolo de lejos, y creyéndolo, y saludándolo, y confesando que eran extranjeros y peregrinos sobre la tierra. 14 Porque los que esto dicen, claramente dan a entender que buscan una patria;15 pues si hubiesen estado pensando en aquella de donde salieron, ciertamente tenían tiempo de volver. 16 Pero anhelaban una mejor, esto es, celestial; por lo cual Dios no se avergüenza de llamarse Dios de ellos; porque les ha preparado una ciudad.

Introducción

El autor de la epístola a los Hebreos hace una especie de pausa para dejar de hablar de personajes del Antiguo Testamento para incluir Abraham, Sara, Isaac y Jacob (los patriarcas de Israel), para precisar lo que ocurrió con su fe debido a que murieron sin haber recibido lo prometido, sin que eso significara un fracaso para ellos.

Por el contrario hasta el final se mantuvieron con la misma confianza en Dios. Fueron perseverantes en la certeza de lo que esperaron y la convicción de lo que no se ve. Nada movió su seguridad de que Dios era poderoso para darles lo que había prometido sin fallar en nada.

En efecto, ellos murieron sin haber recibido lo prometido. Esa es una realidad. Ellos no vieron instalados a los judíos como están ahora en Israel, lo que para muchos podría ser una promesa incumplida, según el autor de los Hebreos, estos hombres lo vieron de lejos, lo creyeron y lo saludaron, una manera de decir que lo creyeron con firmeza.

Ellos nunca se extraviaron, nunca perdieron la fe, como sí les estaba ocurriendo a los lectores de esta carta, que ante las dificultades que estaban viviendo parecían poco dispuestos a mantenerse en la fe. Las contrariedades propias de la fe no hicieron mella en los patriarcas y sin haber recibido lo que creían se mantuvieron perseverantes.

En realidad la fe de ellos estaba basada en la búsqueda de una patria celestial. Ahora el autor de la epístola habla de manera conjunta de la patria celestial y de la ciudad de Dios. De la segunda ha hablado al comentar la fe de Abraham de quien también retoma la idea de que se consideraron extranjeros y peregrinos.

Con ello, nos aclara que si bien no recibieron lo prometido, ellos iban tras promesas más allá de lo que los ojos naturales veían. Desde el punto de vista netamente humano parecería que fracasaron al no recibir aquello que esperaban en fe, pero en realidad ellos tenían puesta la vista en promesas celestiales y no terrenales.

Ellos buscaban una patria. La palabra patria significa la tierra de nuestros padres. Es una expresión para hablar de un territorio donde habitar. Pero no era una tierra material porque si esa hubiera sido su petición en realidad podrían haber regresado a Harán, lo que no hicieron porque la clase de fe que tenían les había hecho renunciar a ello y no retrocedieron.

Su confianza estaba puesta en que Dios les preparó un ciudad, la celestial y por ello, no recibir en vida lo que Dios les prometió de ningún modo los desalentó o los frustró. Nada de eso, al contrario se mantuvieron inmovibles en lo que habían creído y justamente por esa razón Dios no se avergüenza de llamarse Dios de ellos.

La frase nos lleva a pensar que entonces Dios sí se avergüenza de quienes son incapaces de mantenerse en su confianza en él. Pero quienes perseveran hasta el final son dignos hijos de Dios, de los cuales Dios no se apena. Le producen a Dios satisfacción por la calidad de su fe. Una fe que no avergüenza a Dios.

Una fe que se prueba y aprueba 

Una fe que no avergüenza a Dios

A. Porque se mantiene hasta la muerte
B. Porque se mantiene sin haber recibido lo prometido
C. Porque busca una patria celestial
D. Porque no retrocede
E. Porque esta segura de que Dios tiene algo mejor siempre

La palabra vergüenza es muy interesante en el griego. Procede de la raíz epaischunomai que comunica la idea de una situación o persona que trae deshonra a alguien. La expresión antónima de esta palabra es honra, lo que quiere decir que Dios no se sintió avergonzado de estas personas sino que se sintió honrado.

Lo que el autor de la epístola está haciendo es presentar a una especie de padre satisfecho con la conducta de sus hijos que se comportaron a la altura de lo que esperaban y de ningún modo mancharon su honra y por tal motivo puede presentarlos como dignos representantes de la fe.

Dicha verdad nos debe llevar a considerar seriamente si nuestra confianza en él lo honra o lo avergüenza. La fe que tenemos en Dios debe pasar esa prueba para que sea aprobada y hallada digna del Dios que decimos conocer. La actitud que ellos asumieron nos servirá como parámetro para conocer el estado de nuestra fe.

A. Porque se mantiene hasta la muerte

Abraham, Sara, Isaac y Jacob no cambiaron desde el momento que conocieron la promesa que Dios les había dado. En el caso de Abraham y Sara fueron unos años. No fue toda su vida. Pero en el caso de su hijo y su nieto fue de por vida. Desde que tuvieron uso de razón hasta su desaparición física.

La fe es un bien que nos ha de acompañar hasta el último día de nuestra existencia. Nunca debe faltar. Habrá momentos y situaciones que se presentarán en la vida, pero la fe jamás debe de extinguirse. Es la forma de agradar a Dios. Es la mejor prueba de que creemos que existe y que premia a quienes en él confían.

Los lectores de la carta debían de mirar hacia el pasado para conocer y reconocer la conducta de sus patriarcas y aprender que la fe es un bien constante y por más caótica que se presente la situación, debe prevalecer la seguridad de que Dios es bueno siempre y nunca se equivoca.

B. Porque se mantiene sin haber recibido lo prometido

Mucha gente sigue a Dios porque esperan que haga algo por ellos. Que difícil resulta para esta clase de personas cuando Dios “no obra”. Se supone o toda la gente supone que al poner nuestra fe en Dios automáticamente el Creador está comprometido con nosotros para darnos lo que ha prometido.

¡Qué frustración cuando esto no sucede! ¡Qué contrariedad cuando lo prometido no llega! Eso desalienta a cualquiera, pero a aquellos que están seguros de que hay algo más allá de esta vida y que Dios es fiel y que tiene una ciudad o patria celestial a la que ha de conducir a quienes confían a pesar de que las promesas no se cumplen, honran a Dios.

Recién he escuchado el testimonio del cantante cristiano Steven Green, cuyo padre fue pastor en Argentina. Sirvió en diversos países sudamericanos como Venezuela, Ecuador, pero a los sesenta años enfermó del llamado mal de Parkinson que fue mermando gravemente su salud.

Llegó un punto en que el padre de este cantante y predicador de la palabra de Dios, no pudo ya no solo mover sus extremidades sin temblar, sino que le resultó extremadamente complicado masticar y tragar su comida, en lo que representó para toda la familia tiempos de gran dolor.

Sin embargo, Steve Green cuenta que su padre se mantuvo siempre en la fe y en los momentos más álgidos de su enfermedad se mantuvo confiando en Dios. Nunca perdió su vida. Eso marcó para siempre a su hijo, que ahora sirve incansablemente a ese Dios que de pronto parece no cumplir lo que promete.

C. Porque busca una patria celestial

Los patriarcas estaban convencidos de que por encima de la tierra de Israel que tenían como promesa se erguía una ciudad o una patria celestial. En realidad desde que supieron de esta verdad su corazón dejó de mirar como fin el territorio que ocuparían sus descendientes y se concentraron exclusivamente en perseguir esa patria que los ojos naturales no veían y no ven.

La ciudad de Dios de la que habló el autor de la carta ahora se convierte en una patria celestial. Para la fe de estos hombres la tierra que recibirían era insuficiente. Ellos se convencieron de que su paso por esta tierra era fugaz.

Ellos se consideraron siempre extranjeros y peregrinos. Nunca aceptaron que ese era era el final de su fe. Sabían perfectamente que este mundo no era suyo y que aquí no terminaba todo, sino que había algo más. Esa actitud sirvió para no aferrarse a este mundo como les sucede a muchos.

D. Porque no retrocede

Si la existencia de estos hombres hubiera tenido como referente una patria terrenal, habrían regresado a Harán y desde allí haber construido la nación hebrea, pero no lo hicieron a pesar de que como dice la carta a los Hebreos tenían todo el tiempo para regresar a ese lugar.

Pero no lo hicieron porque la fe mira para adelante, no mira para atrás. A Dios no le agradan los que retroceden. Regresar de lo que hemos dejado es una deshonra para el Señor que se agrada de quienes van para adelante a pesar de que lo prometido parece no alcanzarse o concretarse.

La tentación de retroceder cuando “las cosas que uno espera de Dios no llegan” es grande. Cuando vemos que nada parece cambiar, sino al contrario todo empeora nuestro corazón se carga de frustración y enfado y muchos sucumben y abandonan la fe pensando que Dios ha fallado o se ha equivocado.

Pero Dios jamás se equivoca o pierde el control de la situación. Los patriarcas decidieron confiar en esta verdad y no volvieron de donde salieron sabiendo o estando seguros de que Dios es soberano y todo lo que hace tiene un propósito para la vida de cada uno de sus hijos, quienes solo deben confiar.

Los lectores de la carta tenían una gran tentación de volver hacia atrás y el autor los lleva en estos versos a una última consideración fundamental para no perder la fe pensando que el Señor no cumple.

E. Porque esta segura de que Dios tiene algo mejor siempre

Si Dios no nos da algo puede ser porque lo hará con posterioridad o en el tiempo perfecto de él o también puede ser que tiene algo mejor, lo que generalmente siempre ocurre. Dios que es Eterno siempre tiene algo preparado para todos aquellos que con toda su alma le entregan su confianza.

A aquellos que mantienen su fe a pesar de no recibir lo prometido Dios tiene para ellos algo mejor. A los patriarcas de los que escribe Hebreos les ha preparado una ciudad a la que llegaron cuando dejaron este mundo. Dios siempre actúa de esa forma porque tiene profundo amor por quienes le entregan sus vidas.

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