La Iengua

Dice la Biblia en Proverbios 15: 4

La lengua apacible es árbol de vida; más la perversidad de ella es quebrantamiento de espíritu.

Los seres humanos construimos nuestra realidad a través de las palabras. Lo que decimos o lo que hablamos juega un papel de primerísima importancia para nuestra existencia propia y la de quienes nos rodean. Lo que expresamos con nuestra boca o juega a nuestro favor o nos condena y destruye.

Hace mucho tiempo un amigo mío me contó esta historia.

En su juventud era muy propenso a beber con sus amigos. Los fines de semana eran de bebidas embriagantes. Se juntaba con un grupo de vecinos y compañeros de clase a tomar licor. Entre sus grandes pláticas que tenían, cuando ya el alcohol había trastornado sus mentes, uno de ellos solía gritar: ¡Quiero morir quemado!

Todos callaban sus gritos porque se les hacía una estupidez gritar así, pero otros celebraban la ocurrencia. Nunca entendieron bien a bien porque gritaba así su amigo, pero lo que los dejó consternados a todos ellos es que la persona que gritaba así, tuvo un accidente automovilístico y murió. Y, sí, murió quemado.

El libro de Proverbios es un libro de contrastes. Es uno de los recursos favoritos de Salomón para enseñar la sabiduría y uno de los temas que más aborda es justamente lo que hablamos con nuestras palabras. Con nuestra boca podemos ser un árbol de vida para los demás o podemos ser malvados y dañar como el veneno daña la vida de los demás.

Es interesante notar como Salomón utiliza la frase “árbol de vida” para mostrarnos el sentido de lo que puede provocar nuestra lengua en los demás. Al hablar podemos animar, estimular, alentar, fortalecer, entusiasmar, motivar, alegrar, consolar, ayudar, reanimar, esperanzar y hacer sentir bien a los demás.

Pero la perversidad de la lengua puede llevarnos a dañar, mortificar, asustar, deprimir, estresar, apenar, burlar, condenar, esclavizar y todo aquello que empequeñece a los demás.

Cada uno de nosotros decide si con sus labios produce vida o produce muerte. Al final de cuentas cada uno de nosotros comerá de sus frutos.

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