Una vida llena de satisfacción

La Biblia dice en Salmos 36:8

Serán completamente saciados de la grosura de tu casa, y tú los abrevarás del torrente de tus delicias.

En el Señor podemos saciar nuestra hambre y nuestra sed de una manera amplia de tal forma que podemos quedar completamente satisfechos. La metáfora de hombres y mujeres hambrientos y sedientos es un recurso literario exacto para retratar la condición humana.

Los seres humanos llegamos a este mundo y comenzamos nuestro andar. Conforme pasa el tiempo empezamos a experimentar grandes y profundas insatisfacciones. Independientemente de tener bienes materiales o contar con los recursos para llevar una vida sin carencias o contar con lo básico, sentimos muchas veces un gran vacío.

Ese gran vacío procuramos llenarlo de las más diversas maneras. Algunos lo tratan de suplir con placer de toda clase, otros más buscan o pretenden hacerlo con el conocimiento y muchos más con riquezas, pero al final de la jornada ninguno de esos recursos logra atemperar la sensación de desosiego en nuestras vidas.

El salmista dice que quienes lleguen a la casa del Señor serán completamente saciados con abundancia, acercándoles justamente lo que necesiten para quedar llenos o satisfechos. Solo tienen que llegar hasta ese lugar para encontrarse con Dios. La única demanda que tenemos para lograr llenar nuestras almas es pisar la casa del Señor.

Pero además de ofrecer el alimento para ser saciados, quien tome la decisión de buscar ese lugar también será refrescado con torrentes de sus delicias. La sed espiritual que experimentamos será suplida por Dios tiene reservado para quienes se acerquen a su presencia un torrente de delicias.

Dios se presenta como el único ser capaz de satisfacer las necesidades más profundas de los seres humanos. Aquellas que nos postran y en muchas ocasiones nos hacen experimentar frustración, decepción y desilusión. Dios se compromete a llenarnos de sus bienes espirituales para dejar de vivir insatisfechos.

La única demanda es que lleguemos a su presencia. Que movamos nuestro corazón hacia su presencia para experimentar lo que Jesús llamó ríos de agua viva y en pan que descendió del cielo para ya no vivir vacíos. Él se compromete a darnos justamente lo que necesitamos para bien vivir. 

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