Harina y aceite

La Biblia dice en 1º Reyes 17: 16 Y la harina de la tinaja no escaseó, ni el aceite de la vasija menguó, conforme a la palabra que Jehová había dicho por Elías.

A Elías le tocó vivir una de las peores crisis alimentarias de las muchas que padeció Israel. La falta de lluvias por meses hizo que la producción agrícola se detuviera y de pronto una severa hambruna envolvió a toda la nación y los productos básicos dejaron de producirse y comenzó a faltar todo.

Luego de permanecer unos días junto al arrollo de Querit, alimentado por cuervos, Elías fue enviado a la viuda de Sarepta de Sidón, una mujer gentil o pagana, que le acogió en su casa justo el día en que preparaba la última ración de alimento que tenía con la determinación que comiéndolo se dejaría morir ella juntamente con su pequeño hijo.

Sin embargo, Elías le pidió que antes de elaborar las porciones para ambos, le preparara primero a él su comida. A los ojos de la mujer era una petición egoísta porque ya no había nada y darle a él su sustento en realidad era adelantar su muerte, pero el profeta le indicó que ese era el paso para que se salvaran de la hambruna.

La mujer obedeció y ocurrió uno de los milagros más singulares del Antiguo Testamento. De manera sobre natural la harina y el aceite ni escaseó ni menguó durante todo el tiempo de la estadía de Elías en ese lugar, mostrando Dios la forma en que puede sustentar a sus siervos cuando así le place.

Muchos siglos después Jesús mismo utilizaría este relato para hacerle ver a los fariseos y escribas que el gran profeta Elías fue sustentado por una mujer inconversa, haciéndoles ver que no fue enviado a alguna fémina judía. Les enseñó así que no debían ser tan despiadados con los gentiles porque a veces ellos tenían más fe que los propios hebreos.

Nuestro texto que hoy meditamos nos muestra que la harina y el aceite se multiplicaron gracias a la palabra del Señor. No fue porque Elías no debía morir o que la mujer y su hijo no fueran a perecer. La razón por la que siempre hubo sustento fue por la palabra del Señor, lo que nos muestra el poder que tiene lo que Dios dice.

La palabra de Dios es creadora, sustentadora y literalmente sacia nuestro cuerpo. Ella es capaz de multiplicar panes y peces, es también de abrir la roca y extraer agua, porque nuestros Dios llama las cosas que no son como si fueran. La lección es sencilla: nunca dejes la palabra del Señor porque un día ella te alimentará físicamente.

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