Un Dios imparcial 

La Biblia dice en Romanos 2: 11 Porque no hay acepción de personas para con Dios. 

 

Los judíos pensaron por mucho tiempo que ser el pueblo escogido de Dios los eximía de responsabilidades delante del Creador. El hecho de ser los receptores y preservadores de la Escritura y con ello recibir múltiples beneficios, les hizo creer que Dios tenía alguna deuda con ellos y por ello su conducta no importaba, pero estaban equivocados. 

 

En el capítulo dos del libro de Romanos, Pablo escribe para demostrar que ni judíos ni gentiles son distintos ante de Dios cuando de hacer lo mal o lo bueno se trata y dice lo siguiente: tribulación y angustia sobre todo ser humano que hace lo malo, el judío primeramente y también el griego,  10 pero gloria y honra y paz a todo el que hace lo bueno, al judío primeramente y también al griego.

 

Y entonces dice que Dios no hace acepción de personas. La mayoría de las versiones traducen la frase “no hace acepción de personas” como favoritismo, es decir que Dios no tiene favoritos o un grupo de personas a las que trata con distinción, algunas otras versiones dicen en lugar de no hace acepción que Dios juzga de manera imparcial. 

 

Por mucho tiempo los hebreos creyeron que ellos tenían la exclusividad con el Señor, pero luego de la aparición de Cristo, esa verdad se cayó. Dios tomó a los gentiles como pueblo suyo y desde entonces juzga de manera idéntica a unos y otros, en otras palabras los trata de igual forma. Hacen mal, los sancionan. Hacen bien, los premia. 

 

La idea de Pablo al escribir esta verdad en el libro de Romanos es que Dios no hace distinción entre judíos y gentiles. Dios los juzga de manera imparcial a ambos, lo que quiere decir que si un hijo suyo hace bien de manera recíproca el Creador lo llenará de bendiciones, pero de igual modo a quien hace el mal lo castigará.

 

Ante Dios todos somos iguales, nadie es más, nadie es menos. Ni judíos ni gentiles. La diferencia en el trato la hace cada persona. Si uno se porta bien, pues recibirá siempre un trato preferencial de parte de nuestro buen Dios, pero si uno se porta mal recibirá sanciones por parte de Él. 

 

Debemos comprender que Dios no juzga jamás por nuestro origen étnico, ni tampoco por nuestra piel o alguna otra capacidad. Dios simplemente se deja guiar por el principio natural que dice que lo que el hombre siembra eso es lo que recoge. 

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