La grandeza de Dios

La Biblia dice en Malaquías 1: 14 Maldito el que engaña, el que teniendo machos en su rebaño, promete, y sacrifica a Jehová lo dañado. Porque yo soy Gran Rey, dice Jehová de los ejércitos, y mi nombre es temible entre las naciones.

El último libro del Antiguo Testamento, que en términos de tiempo esta separado casi por cuatrocientos años de Mateo, el primer evangelio del Nuevo Testamento es del profeta Malaquías, que significa el mensajero y es una dura crítica al pueblo judío por la forma en que había descuidado los sacrificios que presentaba en el templo de Jerusalén.

El profeta pronuncia un mensaje fuerte a los hebreos de su tiempo porque anuncia maldición para quienes se han fastidiado o cansado de cumplir con sus obligaciones espirituales y presentan ofrendas de muy baja calidad, como si Dios no mereciera lo mejor de ellos, a quienes había bendecido.

La palabra maldición se repite varias veces en este libro de cuatro capítulos. La encontramos en 2:2 en tres ocasiones y en 3: 9 dos veces para sumar un total de seis veces en todo este libro de cincuenta y cuatro versículos, lo que nos revela la intención de Dios de llamar la atención de su pueblo para evitar caer en semejante condición.

Malaquías presenta la desviación en la que ha incurrido Israel: el engaño a Dios al tener machos cabríos sin defecto y ofrecer a Dios animales dañados o con defectos físicos en una clara demostración de que las ofrendas a Dios les tenían sin cuidado. La mesa del Señor, dice el vidente de Dios, se ha convertido en algo inmundo para ellos.

Los compatriotas del profeta se habían equivocado grandemente porque ofrecían a Dios lo inútil, lo desechable o incluso lo inservible y pensaban que de esa manera habían cumplido con los requerimientos de Dios, sin embargo lo único que estaban atrayendo a sus vidas era maldición y qué clase de maldición.

Habían olvidado que Dios es el Gran Rey, que el Señor es Señor de los ejércitos y que su nombre es temible entre las naciones. Un olvido imperdonable porque ellos sabían perfectamente que Dios es inmensamente grande y merece lo mejor de cada uno de nosotros.

Olvidaron que Dios se agrada de quienes le dan el primer lugar en su vida. Perdieron de vista que Dios no es segundón o plato de segunda mesa, como decimos en México. Dios merece el mayor de los esfuerzos porque su grandeza es inescrutable. Qué pecado más grande colocar a Dios por debajo de gran poder. Estaban maldiciendo su vida.

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