Adoración colectiva

La Biblia dice en Salmos 111: 1 Alabaré a Jehová con todo el corazón. En la compañía y congregación de los rectos.

La adoración a Dios es siempre colectiva. Los salmos nos lo recuerdan una y otra vez. Yo me alegre con los que me decían a la casa del Señor iremos, dice uno de ellos para señalar con toda claridad que adorar en comunidad es un principio divino. Mirad cuán bueno y cuan delicioso es habitar juntos en armonía es la confirmación de esta verdad.

Debemos adorar a Dios en la compañía y la congregación de los rectos. ¿Por qué no es suficiente hacerlo de manera personal? ¿Por qué se requiere hacerlo acompañado? ¿Podríamos hacerlo individualmente y dejar de reunirnos con otros? No. Debemos integrarnos con otros para exaltar al Creador.

Dios quiere reunirnos para adorarlo porque la adoración colectiva tiene una fuerza espiritual que va más allá de lo que nosotros pensamos. Al adorar a Dios junto con otros formamos o configuramos la presencia de Dios porque él habita en medio de la alabanza de su pueblo. La alabanza a Dios vigoriza nuestra fe cuando lo hacemos con otros.

No se trata de un capricho, ni muchos menos de una idea absurda la de reunir a sus hijos por parte de Dios. En realidad se trata de uno de los ejercicios más importantes que puede haber en la vida espiritual del creyente: convivir con otros, relacionarse con aquellos que tienen una misma fe.

El autor del salmo ciento once lo sabe bien y por eso exclama con todo su ser: “Alabaré a Jehová con todo el corazón y en consecuencia de ese compromiso adquiere uno más que es de alabar a Dios acompañado de una clase de personas que Dios define como rectos. Una traducción sencilla de recto es honesto o sin hipocresía.

La adoración a Dios tiene esa gran particularidad: solo la pueden hacer, como se tiene que hacer, aquellos que tienen un corazón sincero y que son genuinos a la hora de disponerse a bendecir a Dios. Es muy difícil que una persona con maldad en su corazón puede acercarse a Dios para agradecerle todas sus bondades.

La pandemia ha provocado que hagamos una pausa en nuestras reuniones masivas, pero el principio divino sigue y seguirá en pie de que Dios desea ver a sus hijos unidos y reunidos para alabarlo.

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