La Biblia dice en Éxodo 27:20

“Ordena a los israelitas que te traigan aceite puro de oliva, para mantener las lámparas siempre encendidas.”

Cuando Dios ordenó la construcción del tabernáculo en el desierto les dio instrucciones precisas al pueblo hebreo sobre sus característica, enseres, funcionamiento y la manera en que sería administrado y operado como el centro de adoración en el desierto para el pueblo judío.

Resalta el deseo de Dios porque ese lugar tuviera iluminación por las noches y por esa razón le ordena a todos los israelitas que cooperen, ofrenden, apoyen y sostengan la luz en ese lugar a través del aceite puro de oliva que debían de llevar ya listo para utilizarse en la casa del Señor.

De esa forma el Señor tuvo a bien enseñarle a su pueblo el sentido de pertenencia y una eficaz vinculación entre ellos y el lugar de su presencia. Esa fue una decisión muy importante para la nación hebrea porque si bien el tabernáculo y todo lo que la rodeaba sería administrada tanto por la familia aarónica como por los levitas ellos tenían obligaciones.

Así quería que su pueblo mantuviera su cercanía con la casa del Señor. A través del aceite les enseñó a tener siempre presente que la casa del Señor es de todos, no pertenece a alguien en particular y todos debían estar comprometidos con ella para sostenerla y en este caso para iluminarla.

Dios quería que su casa no permaneciera en tinieblas y para ello apeló a la generosidad de sus hijos que debían de llevar ya listo el aceite, es decir, no iban a llevarle a los sacerdotes y levitas el material para hacerlo, sino más bien ya listo para utilizarse en el lugar de su presencia.

Para alumbrar el tabernáculo Dios llamó a todos sus hijos a participar para enseñarles y enseñarnos que su casa es un lugar por el que todos deben procurar, que es el lugar para adorarlo a él y por esa razón nos pertenece y en ese sentido debemos participar de sus necesidades.

Solo el aceite para iluminar fue una obligación para todos con lo que podemos aprender que la casa de Dios se alumbra con la generosidad.

Porfirio Flores
Indígena zapoteco de la sierra norte de Oaxaca, México. Sirvo a Cristo en la ciudad de Oaxaca junto con mi familia. Estoy seguro que la única transformación posible es la que nace de los corazones que son tocados por Dios a través de su palabra.

Deja tu comentario