La Biblia dice en 1ª Pedro 4: 13

“Al contrario, alégrense de tener parte en los sufrimientos de Cristo, para que también se llenen de alegría cuando su gloria se manifieste.”

Cuando Pedro escribe su primer carta han comenzado las primeras señales de lo que después de convertiría en una cruenta persecución contra la iglesia cristiana del primer siglo que trajo cientos de mártires que prefirieron morir antes que negar su fe ante sus sanguinarios perseguidores. 

El sufrimiento se convirtió de esa forma en parte de las vivencias de los seguidores de Jesús y tal circunstancia resultó para muchos algo inusual, inesperado e inexplicable porque se cuestionaban si ser creyente tenía sentido ya que debido a su fe padecían sin hacer mal a nadie, por el contrario hacían el bien. 

Por eso Pedro se apresura a explicarles en su epístola la naturaleza de la vida cristiana: seguir a Jesús implica padecer injusticias, ser discípulo del Maestro conlleva sufrir persecución, ser molestados por proclamar la verdad de su palabra y en ocasiones padecer violencia física como Jesús la vivió. 

Todo eso, con todo y ser muy doloroso, nunca se comparará con lo que Jesús padeció, por eso Pedro lo llama “tener parte en los sufrimientos de Cristo”. Jamás llegaremos a sufrir como él. Jamás podremos alcanzar el nivel de dolor que él vivió, pero cuando la tribulación a causa de la fe venga, debemos alegrarnos.

Y debemos alegrarnos porque se trata de la confirmación de que nuestra fe está colocada en el lugar exacto: en Jesús, el autor y consumador de la fe. Sufrir por Cristo es la autenticación de nuestra fe. Es una especie de certificación que nos garantiza completamente que cuando él regrese nos llenemos de alegría.

Al acercarnos a los padecimientos de Cristo en los días previos a la crucifixión y durante su cruenta muerte, nos presentamos ante un hombre que se entregó incondicionalmente por toda la humanidad y su ejemplo de entrega, resignación y aceptación de la voluntad divina nos debe alentar y sostener. 

Pedro aprendió dolorosamente que la vida cristiana no es solo de buenos momentos, sino también de situaciones en las que el dolor se apodera de nosotros como una daga que se queda incrustada allí, pero no debemos desalentarnos, sino recordar que antes de nosotros Jesús sufrió primero. 

Porfirio Flores
Indígena zapoteco de la sierra norte de Oaxaca, México. Sirvo a Cristo en la ciudad de Oaxaca junto con mi familia. Estoy seguro que la única transformación posible es la que nace de los corazones que son tocados por Dios a través de su palabra.

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