La Biblia dice en 1ª Juan 3: 18

“Hijitos míos, que nuestro amor no sea solamente de palabra, sino que se demuestre con hechos.”

Si Pablo nos regaló un himno sobre el amor en el capítulo trece de su primera carta a los Corintios, Juan nos sumerge en las aguas del amor. Su cercanía con Cristo lo transformó completamente que de ser llamado hijo del trueno por su reacción ante el desprecio de la predicación de Cristo pidió autorización para que destruyera a los opositores. 

En sus cartas, particularmente la primera, el tema predominante es el amor. A él le debemos la afirmación “Dios es amor” y a él también debemos uno de los textos más memorizados a lo largo de la historia del cristianismo: Porque de tal manera amó Dios al mundo que ha dado a su hijo Unigénito para que todo aquel que en el crea no se pierda, mas tenga vida eterna.”

Pero Juan no teorizaba sobre el amor. Amó a Jesús y por eso fue el único que lo acompañó desde su detención hasta su crucifixión. Estaba allí al pie de la cruz cuando oyó a Jesús decirle: “Hijo, he allí tu madre.” Y por eso podía hablar con solvencia sobre ese tema tan delicado en la iglesia porque el amor no es palabrería, es acción. 

Así que bajo esas premisas y ese contexto le escribe las iglesias de su tiempo y a nosotros que la clase de amor que debe prevalecer es el que se demuestra con hechos. Es aquel en el que la acción tiene una jerarquía superior cuando se trata de relacionarse con los hermanos de la iglesia. 

Porque, hay que decirlo, hay otra clase de amor. El que es de palabra. El que se de dientes para afuera. El que se práctica con buenos deseos y sin hacer nada por el prójimo. Esa clase de amor Juan lo censura, lo rechaza y pide a los cristianos no practicarlo porque es una simulación. 

El que dice que ama y no lo vive es un gran simulador, una persona que se engaña a sí misma, pensando que engaña a otros. El amor de palabras es una condición propia de quienes no han entendido el glorioso evangelio de Cristo donde el amor tiene preminencia porque la ley fue resumida por Jesús en amar a Dios y amar al prójimo.

La esencia del cristianismo es el amor y así como el frasco que contiene el perfume no tiene valor si está vacío de idéntica manera: si un cristiano no ama ha perdido su esencia. 

Porfirio Flores
Indígena zapoteco de la sierra norte de Oaxaca, México. Sirvo a Cristo en la ciudad de Oaxaca junto con mi familia. Estoy seguro que la única transformación posible es la que nace de los corazones que son tocados por Dios a través de su palabra.

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