La Biblia dice en Gálatas 1:1

“Yo no busco la aprobación de los hombres, sino la aprobación de Dios. No busco quedar bien con los hombres. ¡Si yo quisiera quedar bien con los hombres, ya no sería un siervo de Cristo!”

La religión judía del tiempo de los apóstoles y de Pablo centraba su preceptos y conceptos en una piedad pública, sin importar si en privado cada fariseo cumplía con una vida íntegra y de esa forma el diseño de la vida espiritual se convirtió en una competencia por quien impresionaba más.

El sanedrín judío se convirtió en un grupo de personas que buscaban agradarse a sí mismas para pertenecer al gobierno del pueblo hebreo, también sin considerar si tenían las cartas credenciales que menciona el libro de Éxodo para los jueces que ayudaron a Moisés a declarar derecho entre los israelitas que tenían litigios.

La iglesia primitiva tuvo sobre sí esa sombra. La influencia del judaísmo pronto llegó a las congregaciones cristianas, ya no solo con la exigencia de algunos judíos de que los gentiles cumplieran la ley mosaica, sino también ese aspecto nocivo de agradarse unos a otros para quedar bien entre ellos.

El problema de esa actitud era que los llevaba irremediablemente a la simulación que comparte con la hipocresía el deshonroso estatus de las personas carentes de sinceridad que viven una doble vida o en público son de una forma y en privado manifiestan su real condición espiritual.

Al escribir la carta a los Gálatas, el apóstol Pablo establece que someterse a las personas para agradarlas o para quedar bien con ellas lo que en realidad está sucediendo es claudicar en la intención o deseo de ser siervo de Cristo porque en esa condición el único con quien debemos quedar bien es con el Señor.

Pablo está sentando las bases del ministerio cristiano: estamos para servir a Cristo, lo que en ocasiones nos va a llevar a confrontarnos con ciertas personas, pero eso será inevitable porque en este mundo vamos a encontrarnos con personas que solo buscan que se les agrade.

Pablo decidió, no sin problemas y reacciones contra su persona, agradar a Dios antes que a los hombres. De esa manera vivió en paz porque todo lo que hizo lo hizo por y para el Señor, a pesar de que muchos se sintieran agraviados por lo que hacía o por lo que decía. Al final de cuentas él entendió, como nosotros debemos entender, que es mejor obedecer a Dios que a los hombres y no vivir de las apariencias.

Porfirio Flores
Indígena zapoteco de la sierra norte de Oaxaca, México. Sirvo a Cristo en la ciudad de Oaxaca junto con mi familia. Estoy seguro que la única transformación posible es la que nace de los corazones que son tocados por Dios a través de su palabra.

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