La Biblia dice en Salmos 127:1

“Si el Señor no construye la casa, de nada sirve que trabajen los constructores; si el Señor no protege la ciudad, de nada sirve que vigilen los centinelas.”

El salmo ciento veintisiete es atribuido a Salomón, el más sabio de los reyes que ha tenido Israel. Autor del Eclesiastés, una obra monumental para entender la naturaleza de la vida con sus contradicciones e injusticias sin perder la noción de Dios, y el Cantar de los cantares, obra épica y magistral del amor entre los consortes como esperanza en este mundo, el monarca también es autor de un salmo.

Y por supuesto el salmo tiene todo el estilo de este valioso escritor del Antiguo Testamento porque expone con claridad uno de los grandes dilemas de la existencia humana: hacer, proyectar, planear sin considerar a Dios, uno de los grandes riesgos de todos los seres humanos: olvidarnos que finalmente el hombre propone, pero Dios dispone.

Salomón nos hace reflexionar con este salmo sapiencial sobre la necesidad de que todos nuestros sueños y anhelos pasen por la aprobación divina, su dirección y su ayuda debido a que en este mundo no hay nada más trágico para todos los seres humanos que trabajar para nada o emprender sin resultados.

Salomón emplea uno de los términos favoritos de su libro Eclesiastés: en vano, que significa sin sentido, vacuo, vacío y ese puede ser al final de la vida lo que las personas pueden obtener de lo que hicieron con sus años, sus fuerzas y sus motivaciones: nada que los satisfaga, nada que los llene de alegría.

Para evitar esa catástrofe, el salmista nos pide que consideremos a Dios, que lo tengamos presente, que sea él la fuente de nuestros sueños y proyectos y que antes, durante y después de nuestros planes, grandes o pequeños, lo tengamos como nuestro ayudador y director.

De lo contrario todo lo que hagamos correrá el grave riesgo de no llevarnos a ninguna parte, nuestra vida, al final de ella, nos llenará de frustración por haber emprendido una travesía cuya meta fue nada y entonces nos lamentaremos de habernos dejado llevar por nuestras propias ideas y pensamientos.

Considerar a Dios en lo que hacemos tiene la inmensa garantía de llevarnos a puerto seguro donde él nos espera siempre con los brazos abiertos.

Indígena zapoteco de la sierra norte de Oaxaca, México. Sirvo a Cristo en la ciudad de Oaxaca junto con mi familia. Estoy seguro que la única transformación posible es la que nace de los corazones que son tocados por Dios a través de su palabra.

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