La Biblia dice en Lucas 1:45

Y bienaventurada la que creyó, porque se cumplirá lo que le fue dicho de parte del Señor.

Introducción

María y Elisabet se encontraron poco antes que nacieran Juan y Jesús. Lucas nos dice que Elisabet se recluyó en su casa localizada en las montañas de Judá, muy probablemente para cuidarse de su preñez y hasta ese lugar acudió María para visitarla y el tercer evangelista nos da detalles sobre lo que sucedió en ese lugar y lo que dijeron ambas mujeres.

Lucas une de esa manera las historias de dos mujeres que al encontrarse descubren la alegría y el gozo que hay al participar en la historia de la redención del mundo. María y Elisabet, aunque era familia quedan vinculadas para siempre cuando el Señor les concede a la primera ser la madre de Jesús y a la segunda de Juan el Bautista.

La historia de la salvación está relacionada estrechamente con la alegría. Es impensable celebrar es evento portentoso sin regocijo. El gozo y la alegría desbordada la descubrimos no solo en este pasaje que meditamos, sino también los ángeles, los pastores de Belén, en Simeón y Ana, así como otros protagonistas de la encarnación de Cristo.

Y eso nos lleva a considerar seriamente la actitud con la que debemos celebrar este acontecimiento porque de pronto la nostalgia, la lejanía de nuestros seres queridos o la candencia solemne de algunos himnos nos puede entristecer, pero debemos tener presente que estamos llamados a una celebración festiva.

Cuando María saludo a Elisabet sucedió algo que la propia Elisabet señala: la criatura saltó de alegría en mi vientre. Debemos advertir que el gozo que supera o trasciende la tristeza humana es el fruto del Espíritu Santo. La clase de alegría que se sobrepone a la adversidad y los problemas no puede ser humana debe ser aquella que nace del Señor mismo.

La Navidad ha llegado a tergiversarse tanto que para muchas personas es necesario beber para estar contentos, para otros comprar artículos o recibir regalos es lo que les da alegría en esta temporada, pero en realidad la encarnación de Cristo nos recuerda que el regocijo es más bien resultado de lo que hay en nuestro interior más que lo externo.

La brutal comercialización, el burdo mercantilismo y la obscena de que celebrar el nacimiento de Jesús a fuerza implica tener dinero para comida y regalos es una grave y detestable equivocación.

Atesora la historia de tu salvación
Para vivir dichosamente
A. Porque hemos creído
B. Porque Dios es fiel

La vida del ser humano en este mundo es incierta. El futuro es desconocido para todas las personas. Nadie advirtió, por ejemplo, que una pandemia azotaría al mundo entero en el 2020, nadie. Muchas personas queridas y apreciadas murieron, sin imaginarse que una enfermedad desconocida los apartaría de esta tierra.

En realidad hay muy pocas porque alegrarse ante la incertidumbre de la vida, pero una de ellas, duradera, eterna e imperecedera es la Navidad. La encarnación de Cristo es un evento que nos enseña que podemos alegrarnos en este mundo porque el nacimiento de Jesús es una mensaje de esperanza de parte de Dios a todos los hombres.

Los principales personajes fueron convocados a alegrarse o se alegraron. A Zacarías se le dijo respecto al nacimiento de su hijo, que sería el precursor de Cristo: Y tendrás gozo y alegría, y muchos se regocijarán de su nacimiento. Lucas 1:14.

Antes de nacer Juan el Bautista sintió inmensa alegría: Porque tan pronto como llegó la voz de tu salutación a mis oídos, la criatura saltó de alegría en mi vientre. Lucas 1:44.

Es interesante que en estos dos versos la palabra alegría procede de la raíz griega “agalliasis” que traduce como alegría desbordada, alegría salvaje o euforia, es decir un gozo exuberante.

A María Elisabet le dice “bienaventurada” una palabra que procede de la raíz griega “macarios” que traduce como feliz y bendecido, pero que literalmente quiere decir afortunado o una persona que por su condición está en una posición envidiable. Se trata de un estado en el que Dios transforma la tristeza en alegría.

Mateo 5:4 al respecto señala: Bienaventurados los que lloran porque ellos recibirán consolación.

A. Porque hemos creído en él

La alegría está reservada para quienes han creído en él. La palabra creer va más allá de una idea o concepto mental o de la razón. No se trata de simplemente aceptar una verdad, asentirla y luego olvidarla, sino tiene implicaciones más profundas porque la palabra se relaciona estrechamente con la fe.

Creer en el sentido bíblico es depositar la confianza en Dios, seguros, convencidos o persuadidos de que todo lo que ha dicho o todo lo que hará será bien y a pesar de circunstancias adversas o problemas enormes no cambiar esa certeza o convicción en nuestros corazones.

María fue bienaventurada porque el mensaje de Gabriel lo creyó firmemente y de ningún modo dudó o puso en tela de juicio que lo que le dijo no sucedería y en esa fe halló una dicha infinita que solo procede de confiar en el Señor y hacer un lado nuestra vana e inútil incredulidad.

B. Porque Dios es fiel

Dios ha sido y el fiel. La fidelidad de Dios se ha mantenido en los momentos más oscuros de la humanidad. Pero hablar de la fidelidad del Señor es hablar de un asunto fundamental para la vida piadosa porque esa característica o virtud del Creador es el compromiso de cumplir con todo lo que ha prometido.

Dios jamás dejará de cumplir lo que ha dicho. Le prometió a Abraham que haría de él una gran nación y lo hizo. Luego a los judíos les prometió que los llevaría de Egipto a la tierra prometida y se los cumplió.

Aún en los tiempos más tristes en la historia de Israel, la fidelidad de Dios se mantenía como lo señala Jeremías en el libro de Lamentaciones 3:22-23 que fue escrito luego de la destrucción de Jerusalén a manos de los babilonios.

“Por la misericordia de Jehová no hemos sido consumidos, porque nunca decayeron sus misericordias. Nuevas son cada mañana; grande es tu fidelidad.”

Podemos alegrarnos grandemente en Dios porque su gracia infinita siempre nos sostendrá y esa es la razón por la que debemos atesorar la historia de nuestra salvación debido a que nos produce gozo.

Porfirio Flores
Indígena zapoteco de la sierra norte de Oaxaca, México. Sirvo a Cristo en la ciudad de Oaxaca junto con mi familia. Estoy seguro que la única transformación posible es la que nace de los corazones que son tocados por Dios a través de su palabra.

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