La Biblia dice en Lucas 2:1

“Por aquel tiempo, el emperador Augusto ordenó que se hiciera un censo de todo el mundo.”

César Augusto fue el primer emperador romano que nació, según los historiadores en el año 63 antes de Cristo y murió en el año 14 de nuestra era. Fue adoptado por el famoso general Julio César quien lo reconoció como su hijo en su testamento y a partir de ese suceso escaló el poder romano hasta convertirse en el primer gobernante de su nación.

Su nombre real fue Cayo Octavio y gobernó Roma y todos sus territorios conquistados desde el año 27 antes de Cristo hasta el 14 de nuestra era que fue cuando murió. Y fue precisamente este personaje quien determinó que en las lejanas tierras de Judea, como conocían los romanos a Israel se hiciera un censo.

La idea del emperador era conocer el número de habitantes que había en esa región y por eso obligó a todos los judíos a retornar a su lugar de nacimiento para que el conteo fue lo más preciso posible y de esa manera contar con información precisa sobre los pueblos que gobernaban.

Lucas que fue un escritor preciso indagó y estableció que el nacimiento de Jesús ocurrió justo bajo el imperio de Cayo Octavio, lo que revela con precisión que los acontecimientos narrados tanto por él como por Juan, Mateo y Marcos ocurrieron en un tiempo de terminado y no fueron un invento suyo.

Lo que nunca se imaginó el emperador romano es que ese decretó suyo obligó a José y a María a salir de Nazaret para trasladarse hasta Belén de Juda, de donde era originario José por ser descendiente de David.

César Augusto es retratado por los historiadores como un personaje sumamente inteligente, carente de la fuerza de Julio César que fue un general con grandes dotes militares, pero César Augusto suplía esas carencias con una enorme capacidad para entender de la naturaleza humana y el poder. De hecho buscó hasta que logró la caída de Marco Antonio.

Y ese fue el hombre que Dios usó para que el Hijo de Dios naciera donde Miqueas profetizó que nacería. Un hombre que ni siquiera sabía de las profecías bíblicas fue instrumento del Soberano del mundo para hacer que Jesús viniera a este mundo en el lugar que Dios había dicho que sucedería.

Los poderosos por más grandeza que tengan, por más fuerza que exhiban y por más lejanos que se piensen de Dios, al final de cuentas solo son instrumentos del Señor que exalta a los humildes y humilla a los soberbios.

Porfirio Flores
Indígena zapoteco de la sierra norte de Oaxaca, México. Sirvo a Cristo en la ciudad de Oaxaca junto con mi familia. Estoy seguro que la única transformación posible es la que nace de los corazones que son tocados por Dios a través de su palabra.

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