La Biblia dice en Romanos 12:3

Digo, pues, por la gracia que me es dada, a cada cual que está entre vosotros, que no tenga más alto concepto de sí que el que debe tener, sino que piense de sí con cordura, conforme a la medida de fe que Dios repartió a cada uno.

Los seres humanos vivimos subestimándonos o teniendo de nosotros una muy alta estima. Ambas condiciones extremas definitivamente no responden a lo que Dios desea que cada uno de nosotros piense de sí mismo. Según el apóstol Pablo debemos tener mucho cuidado de la opinión personal que tenemos.

El autor de la carta a los Romanos quería que sus amados hermanos llegaran a vivir una vida donde no se sintieran más que los demás, pero tampoco menos, más bien quería que fuéramos sanos mentalmente a la hora de vernos a nosotros mismos y ver a los demás, particularmente en la iglesia, pero también en todos los rubros de nuestra existencia.

No se trata de hacer menos a nadie, pero tampoco se trata de ensalzar a nadie. Los logros académicos, los triunfos materiales y las victorias en lo profesional frente a la falta de ellos en otras personas, pueden llevarnos a pensar que somos mejores que ellos y en consecuencia menospreciarlos.

En la Roma imperial era común ver a los generales romanos regresar a la ciudad blandiendo sus triunfos y era algo sumamente normal para ellos subrayar su grandeza y en consecuencia despreciar a quienes no alcanzaban esos grandes logros y esa cultura se había instalado en la comunidad.

Pablo le pide a sus lectores que cada uno debía de pensar de sí mismo haciendo a un lado todo pensamiento que les hiciera ver superior a los demás. En otras palabras que no se sobrevaloraran, que pensarán de ellos mismos con cordura, poniendo límites o poniendo fronteras.

Sentirse más que los demás nunca será positivo para nadie porque lo llevará inevitablemente a la soledad, al vacío y al aislamiento social y la iglesia se vive en comunidad, la fe se profesa en medio de la colectividad de redimidos por la sangre de Cristo Jesús.

El apóstol nos aconseja que a la hora de pensar en uno mismo lo hagamos de acuerdo a la medida de fe, es decir recordar que lo que somos es gracias a Dios, nunca a nuestra fuerza o poder. Si de algo debemos sentirnos vanagloriosos es de Cristo. Si hemos de presumir algo presumamos a Cristo.

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