La Biblia dice en Juan 12: 6

“Pero Judas no dijo esto porque le importaran los pobres, sino porque era ladrón, y como tenía a su cargo la bolsa del dinero, robaba de lo que echaban en ella.”

Unos cincuenta años después Juan escribió lo que sucedía cuando Judas era el encargado de la tesorería de los doce y Jesús: era ladrón y las aportaciones que hacían las personas al ministerio de Cristo era sustraído por este personaje que se le tuvo toda la confianza para administrar el dinero que les ingresaba. 

El corazón de Judas tenía un gran problema: le encantaba el dinero, pero no el propio sino el ajeno. Era un ratero que para sus ambiciones no le importaba usar como excusa a los pobres, quienes tampoco le interesaban, pero le eran muy útiles porque a su nombre obtenía más y más riquezas. 

Juan hace esta revelación en su evangelio, que por cierto es el último de los cuatro que se escribe ya casi a finales del primer siglo. Lo hace décadas después de acontecidos los hechos para mostrarle a la iglesia muchas verdades, una de ellas es que Judas era un ambicioso cuya trágica vida no comenzó cuando pidió treinta piezas de plata por Jesús, sino antes. 

Las motivaciones de Judas estaban en las riquezas, lo movían los intereses económicos, se regodeaba con el dinero de otros y buscaba cada vez más y más con tal de llenar un corazón vacío, que nada lo podría llenar porque el alma del ser humano sin Dios es insaciable porque vive en una permanente insatisfacción. 

También nos enseña lo cuidadoso que debemos ser con los bienes materiales que Dios nos permite administrar. Judas olvidó o no quiso ver que no eran suyos, pensó que eran de su propiedad cuando en realidad solo era un ad-mi-nis-tra-dor. Nunca sabremos cuanto les ingresaba a Jesús y sus apóstoles, pero no era una cantidad menor. 

El traidor de Judas quiso acumular y acumular y cuando ya no le fue suficiente lo que ingresaba en la bolsa que le dieron a cuidar, buscó a los principales sacerdotes para ofrecerles entregar a Jesús, su maestro. Su avidez no tenía ni límite, ni moral. Para esos momentos ya no le importaba cómo tener dinero. Su codicia lo aprisionó. 

Su historia es una advertencia en todos los sentidos. Primero para nosotros a fin de evitarlo. No dejar que nuestro corazón robe lo que es de Dios y en segundo lugar estar muy conscientes que en el camino del Señor nos habremos de encontrar personas que harán de la fe mercadería para obtener solo dinero. 

Habrá hombres y mujeres, como escribió Pablo, deseosos de ganancias deshonestas. Evitemos imitarlos sabiendo que su fin será tristísimo. 

Porfirio Flores
Indígena zapoteco de la sierra norte de Oaxaca, México. Sirvo a Cristo en la ciudad de Oaxaca junto con mi familia. Estoy seguro que la única transformación posible es la que nace de los corazones que son tocados por Dios a través de su palabra.

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