La Biblia dice en Salmos 101:1

“Quiero alabar al amor y la justicia; quiero, Señor, cantarte himnos.”

La vida de David fue una vida de cantos, alabanza, adoración y exaltación a Dios. Fue su deseo permanente que lo llevó a componer casi la mitad de los ciento cincuenta salmos que integran el tehillim hebreo, porque encontró en Dios no solo la razón de su vida, sino su única forma de existencia.

Cantarle al Señor fue para el rey David la experiencia más enriquecedora que pudo tener y a ella se dedicó con un pasmoso empeño que nos legó canto tras canto que hoy siglos después entonamos con regocijo, gozo e inmensa alegría, pero algunos también con solemnidad y con lágrimas en los ojos por lo conmovedores que resultan.

David nos muestra en este salmo que hoy meditamos, que esencialmente le cantaba al amor y la justicia de Dios. Estos dos elementos son esenciales en la composición musical del monarca de Israel a quien Dios definió como “quien tenía un corazón conforme al corazón de Dios” y que sus compatriotas llamaron el “dulce cantor de Israel”.

El amor y la justicia fueron su temática y así lo declara en este salmo que compuso para comprometerse con la honestidad, la integridad, la rectitud y la limpieza de corazón. El amor a Dios nos debe mover a vivir conforme a sus estrictos estándares de su palabra para evitar la deslealtad, la altanería y arrogancia y la mentira y el fraude.

El amor a Dios vuelto canción o cantando de su amoroso trato hacia nosotros nos hará vivir de tal manera que obedecerle no nos cueste trabajo porque al hacer lo que nos pide lo único que estamos haciendo es devolverle lo mucho que ha hecho por nosotros. Le amamos porque él nos amó primero.

Pero David también cantaba de la justicia de Dios. Ante el Señor nada pasa por alto. Conoce perfectamente nuestros actos y la motivación de nuestros corazones y nos da exactamente conforme a su justicia. Ni más, ni menos. Jamás los hombre recibirán algo que no merezcan. Tendrán lo que sus obras merecen.

Por eso David cantaba del amor y la justicia de Dios porque muchas veces no merecemos nada de parte de Dios por nuestra conducta, pero su amor nos otorga inmerecidamente bienes y favores, sin embargo cuando nos obstinamos de manera inevitable su justicia se aplicará en nuestra vida.

Te canto, decía David al Señor, tu amor y justicia. Dios nos ama y nos recompensa por lo que vivimos y cómo vivimos.

Porfirio Flores
Indígena zapoteco de la sierra norte de Oaxaca, México. Sirvo a Cristo en la ciudad de Oaxaca junto con mi familia. Estoy seguro que la única transformación posible es la que nace de los corazones que son tocados por Dios a través de su palabra.

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