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lunes, junio 21, 2021
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Castigo irrevocable

La Biblia dice en Amós 2:1

“Así ha dicho Jehová: Por tres pecados de Moab, y por el cuarto no revocaré su castigo…”. 

Con la frase “por tres pecados y por el cuarto no revocaré su castigo”, el profeta Amós, quien vivió aproximadamente a finales del siglo octavo antes de Cristo y profetizó durante los reinados de Jeroboam II en el reino del norte llamado Israel y durante el gobierno de Azarías en el reino de Judá, lanza sus predicciones contra Moab, Judá e Israel.

Es un estilo peculiar para resaltar el grave pecado que privaba en esas tres naciones, pero también para subrayar a inminente e inevitable manifestación de la ira de Dios expresada a través de sus grandes juicios de disciplina y castigo a quienes lejos de cambiar de actitud seguía obstinados en vivir a espaldas de Dios. 

Las acusaciones que Dios lanza contra estos pueblos son las siguientes: contra Moab, porque quemó los huesos del rey de Edom hasta calcinarlos que resalta su crueldad y maldad. Contra Judá porque menospreciaron la ley del Señor y contra Israel porque fue más importante el dinero que la piedad. 

Es evidente que el Señor rechaza la crueldad, la maldad, la desobediencia sistemática y sobre todo el materialismo personal y lo castiga de manera severa entre su pueblo y aún entre quienes no son de su pueblo. La justicia de Dios está por encima de todos. Nadie puede escapar de su juicio. 

El juicio de Dios es irrevocable cuando caemos en cualquiera de esas actitudes en las que cayeron estos pueblos y no nos arrepentimos. El arrepentimiento es el único instrumento que puede hacer que nosotros evitemos la disciplina que el Señor llevará a cabo por rebelarnos contra él. 

El castigo divino constituye una verdad que podemos apreciar a lo largo de toda la Escritura. Desde Adán y Eva que fueron expulsados del paraíso, pasando por Caín que fue condenado a vagar por el mundo hasta el exilio de Israel y Judá, vemos que Dios no juega cuando dice que va a sancionar. 

Amós nos muestra las razones por las que Dios aplica su severidad con las naciones y con su pueblo. No se trata de asustar o amenazar, más bien se trata de estar conscientes de lo que Dios puede hacer cuando nos convertimos en personas empecinadas en hacer nuestra propia voluntad. 

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