La Biblia dice en Salmos 22:3

“Pero tú eres santo, tú que habitas entre las alabanzas de Israel.”

El salmo veintidós es un salmo mesiánico. Escrito por David, el canto es un anuncio de lo que viviría el Mesías en la cruz del calvario. La dolorosísima experiencia sufrimiento del Salvador del mundo fue anunciada mil años antes de que ocurriera por medio de este salmo.

La soledad, el abandono, la sensación de vacío y la angustia al verse desamparado se puede conocer por este salmo de tal suerte que el primer verso que dice: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado? ¿Por qué estás tan lejos de mi salvación, y de las palabras de mi clamor?” Jesús las utiliza en pleno calvario.

Entendemos por esta relación entre lo escrito por David y lo dicho por Jesús, que padecer es una experiencia netamente humana. Que Jesús experimentó un gran dolor al morir en la cruz. Sus padecimientos serán siempre tan distintos a los nuestros porque él no tenía que sufrir. Jesús no tenía porque padecer si era tan bueno.

Lo hizo de manera resignada, sin reproches o quejas por ir la cruz sin merecerlo. De esa forma nos muestra que ante el sufrimiento solo podemos refugiarnos en Dios y considerar que él siempre sabe lo que hace. Así lo podemos apreciar por el verso que hoy meditamos ya que reconoce dos cosas que Dios es santo y que habita entre las alabanzas de Israel.

Cuando sufrimos todos pensamos que Dios ha cambiado o sus atributos han sufrido alguna modificación. Pero Dios no deja de ser santo, es decir se mantiene ajeno al mal, el mal que tanto nos mortifica y que tanto daño nos hace cuando se presenta en nuestras vidas. El salmista nos recuerda que en medio de la soledad del dolor, nuestro buen Dios no cambia.

Pero no solo no modifica un ápice su naturaleza, sino que sigue presente en nuestra vida, a través de las alabanzas. La adoración a Dios hace que su presencia se manifieste poderosamente y entonces podemos sentirnos acompañados por su gloriosa y poderosa presencia.

En muchas ocasiones nos vamos a sentir solos, desamparados, sin nadie que nos ayude, pero no debemos de dejar de tener presente que Dios siempre está allí para ayudarnos y que jamás nos dejará solos porque sin él no podremos enfrentar la rudeza del dolor y sufrimiento que llegan a nuestra vida.

Dios es y será siempre santo y habitará entre nosotros por medio de las alabanzas que le tributemos en esas terribles horas de padecimiento que venga a nuestra vida.

Porfirio Flores
Indígena zapoteco de la sierra norte de Oaxaca, México. Sirvo a Cristo en la ciudad de Oaxaca junto con mi familia. Estoy seguro que la única transformación posible es la que nace de los corazones que son tocados por Dios a través de su palabra.

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