La Biblia dice en Jueces 16:17

“Así que finalmente le contó a Dalila su secreto: Nadie me ha cortado jamás el cabello, porque desde antes de nacer estoy consagrado a Dios como nazareo. Si me llegaran a cortar el cabello, perdería mi fuerza y sería tan débil como un hombre común y corriente.”

Los filisteos creyeron que la descomunal fuerza que poseía Sansón era un acto de la naturaleza, pero el juez de Israel sabía perfectamente que su poder para levantar cargas pesadas tenía su origen en el hecho de que desde antes de nacer fue consagrado con el voto del nazareato de por vida.

Los nazareos eran personas que apartaban su vida por algún tiempo absteniéndose de ciertos alimentos y, en el caso de los varones, se dejaban crecer el cabello, según apreciamos en el libro de los Números que regulaba esa clase de voto que servía para que hombres y mujeres dedicaran completamente su vida por un tiempo determinado a Dios.

El caso de Sansón fue excepcional porque él fue nazareo desde antes de nacer, luego, durante toda su vida, permaneció en ese estado. A diferencia de sus compatriotas Sansón tuvo por determinación divina consagrar su vida de manera permanente. No por un tiempo determinado como todos los demás, sino toda su vida.

Como contraprestación del Señor recibió una fuerza física descomunal de tal manera que podía sin gran dificultar romper cuerdas, cargar metales pesados y un sin fin de beneficios que trae consigo contar con brazos capaces de resistir toda clase de pesos, lo que le permitió derrotar a sus enemigos.

Sansón sabía perfectamente el origen de su fuerza. Era su secreto. Cuando Dalila lo importuno para que se lo revelara jugó con ella dos ocasiones, pero a la tercera le dijo toda la verdad: nunca se había cortado el cabello y le aseguró que cuando eso sucediera perdiera todas sus capacidades sobrenaturales. Lo que finalmente sucedió.

Seré un hombre común y corriente, le confesó a Dalila y esas palabras nos recuerdan que la consagración a Dios es la fuerza para hacer la obra de Dios. Que los seres humanos tenemos grandes limitaciones y solo al entregar nuestra vida a Dios podemos enfrentar problemas y adversidades con la fuerza de Dios.

Un hombre que es llamado por Dios y no se consagra al Señor es un hombre común y corriente, pero un varón que se entrega incondicionalmente a Dios recibe la fuerza necesaria para hacer la labor que Dios le ha designado. La consagración nos da fuerza, la falta de santidad nos hace seres ordinarios como todos los demás.

Porfirio Flores
Indígena zapoteco de la sierra norte de Oaxaca, México. Sirvo a Cristo en la ciudad de Oaxaca junto con mi familia. Estoy seguro que la única transformación posible es la que nace de los corazones que son tocados por Dios a través de su palabra.

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