La Biblia dice en Job 10:20-21

¿No son pocos mis días? Cesa, pues, y déjame para que me consuele un poco, antes que vaya para no volver, a la tierra de tinieblas y de sombra de muerte.

Job trata de encontrar las palabras adecuadas para dirigirse a Dios. Porque perder diez hijos, todos los bienes materiales que tenía y de paso enfermar gravemente y padecer dolores físicos aunados a los del alma constituye una experiencia que muy pocos pueden resistir sin gritar y de plano hasta volverse locos.

El patriarca le pide a Dios una tregua, le suplica que haga una pausa a los males que enfrenta con argumento que presenta en forma de pregunta: ¿No son pocos mis días? La respuesta a esa interrogante es sencilla: Sí. La vida del hombre es breve, efímera, corta, como la neblina que aparece por un poco de tiempo, pero luego se desvanece.

La historia de Job nos introduce de lleno a la experiencia que enfrenta una persona cuando sufre, lo que pasa por su mente, lo que sucede en su entorno. Es un libro de la Biblia al que hay que presentarse con mucho respeto, pero también con temor y temblor porque uno nunca sabe cuándo, ni cómo será ensayado por el Creador.

El protagonista le ruega a Dios consuelo porque lo que está viviendo lo está destrozando no solo físicamente, pero también emocional e internamente. Ha quedado atrapado como un ave en las garras de la desolación que lo conmueve y mueve a la tristeza y la desesperación porque ignora cuando terminará o si saldrá con vida de ella.

Él pide a Dios que detenga un momento esos días para que se consuele, porque sabe que tarde o temprano sus días acabarán en la tierra de tinieblas y de sombra de muerte, y entonces todo habrá terminado, pero en tanto clama por consuelo, pide que su aflicción tenga un momento de reposo.

Y se dirige al lugar exacto, a Dios, que es el único que puede consolarnos, curar nuestras heridas y sanar nuestros dolores. Se trata de acudir a quien tiene la facultad de tratar con nuestros miedos y temores, con quien nos formó como el alfarero elabora vasijas, para restaurarnos.

Nadie mejor que Dios para consolarnos con su amor y bondad. Nadie como el Creador para sanar nuestro corazón cuando nuestra vida parece un barco en medio del océano a punto de naufragar, cuando el dolor nos arrastra y parece llevarnos a una tierra lóbrega, a un lugar de densas tinieblas.

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