La Biblia dice en Juan 4:17

“La mujer le contestó: No tengo marido. Jesús le dijo: Bien dices no tengo marido.”

Así le contestó Jesús a la mujer samaritana cuando logró comprender que Jesús no le estaba ofreciendo el agua del pozo de Jacob, sino una clase de agua que saciaría la sed interna y curaría de esa manera su insatisfacción que vivía y que la había llevado a casarse cinco veces y a una relación de concubinato que sostenía en ese momento.

Jesús no se apresuró a darle lo que su alma necesitaba, sino que la llevó a conocer y reconocer la forma en que vive una persona que busca por medio humanos satisfacer necesidades que solo pueden ser resueltas por el Señor. Y por eso le pide que llame a su marido para confrontarla y hacerle ver lo que habría de resolver el agua viva que le ofrecía.

Ante esta solicitud que Jesús le hace a la mujer samaritana ella responde con sinceridad que no tiene marido. Lo que Jesús le reconoce, pero le hace ver que en su vida ella había tenido ya cinco maridos con los cuales no logró hacer vida. Fracaso a fracaso sentimental su vida se fue poblando de hombres que llegaron a su vida, pero ahora eso podría quedar en el pasado.

El agua viva era Cristo que llegaba a su vida a saciar su sedienta alma, pero antes tenía que admitir que tenía esa necesidad. Tenía que reconocer su permanente estado de insatisfacción ante la vida y aceptar que requería con urgencia la presencia de Cristo en su languideciente existencia.

El agua viva no es para todos, sino únicamente para quienes reconocen que la necesitan. Esta reservada para todos aquellos que mirando a su vida se dan cuenta y aceptan que su paso por este planeta aunque tienen toda clase de bienes o pueden acceder a cosas materiales en su interior hay un gran vacío que nada ni nadie puede llenar.

La mujer samaritana nos representa a todos porque en algún momento de la vida podemos experimentar esta condición de tener saciadas todas las necesidades materiales y aun así sentir que nos hace falta algo y ese sentimiento nos causa estragos porque evita que disfrutemos lo que ya tenemos.

Pero para ello, debemos llegar a los pies de Jesús y decirle con todo nuestro ser que llene nuestro vacío corazón, que nos lleva a alimentarnos de falsas expectativas, que nos hace buscar por aquí y por allá reconocimiento o también notoriedad tratando de ahogar nuestra gran necesidad de atención.

El agua viva está allí a la mano solo hace falta acercarnos a Jesús, con sencillez, admitiendo que no podemos vivir sin ella.

Porfirio Flores
Indígena zapoteco de la sierra norte de Oaxaca, México. Sirvo a Cristo en la ciudad de Oaxaca junto con mi familia. Estoy seguro que la única transformación posible es la que nace de los corazones que son tocados por Dios a través de su palabra.

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