La Biblia dice en Lucas 10:3

“Id; he aquí yo os envío como corderos en medio de lobos.”

Jesús no romantizó con sus discípulos acerca de lo que les sobrevendría cuando salieran a proclamar el mensaje de salvación que les había encomendado. De ninguna manera les engañó, ni muchos menos les hizo creer que todo saldría bien o que no tendrían ninguna clase de contrariedades.

El Señor fue muy claro con ellos y es muy claro con nosotros, somos como corderos en medio de lobos, es decir en constante acecho, en peligro de ser devorados por un mundo completamente hostil, que no solo rechaza el mensaje de salvación, sino que se le opone vigorosamente.

El texto que hoy meditamos dice claramente que los seguidores de Jesús tienen que ir o en otras palabras tienen que salir a testificar de persona y obra del Salvador. Es un deber, un imperativo y una obligación que se tiene que abrazar con pasión, dedicación, inteligencia y buena actitud.

Pero vamos a un mundo que buscará dañarnos y si nos descuidamos nos destruirá como un manada de lobos despedaza a un grupo de corderos y no descansa hasta verlos muertos para devorarlos completamente. Eso es algo que los seguidores de Jesús debían saber y nosotros debemos conocer.

Con esas palabras Cristo nos enseña que ni seremos populares, ni seremos reconocidos, ni mucho menos recibiremos aplausos por cumplir con la labor de ponernos en marcha para llevar esperanza a quienes padecen, para promover y difundir el mensaje de redención a los perdidos.

El mundo se nos opondrá tenazmente. Nos perseguirá y buscará por todos los medios silenciarnos. Querrá que callemos y no hablemos en nombre de nuestro Salvador porque deseará que las tinieblas sigan prevaleciendo sobre la vida de las personas para que vivan aprisionadas y no puedan ser liberadas.

Jamás debemos perder de vista y mucho menos olvidar la advertencia que Jesús nos dio y que fue muy clara: somos corderos en medio de lobos, que requerimos siempre al pastor que nos defenderá para cumplir con nuestra misión de vida de anunciar las buenas nuevas a todos los hombres, por todos los medios y en todo tiempo.

No tenga miedo. No se preocupe. El es nuestro pastor y nada nos faltará. Ni seguridad ni cuidado, siempre que lo oigamos y caminemos con él.

Porfirio Flores
Indígena zapoteco de la sierra norte de Oaxaca, México. Sirvo a Cristo en la ciudad de Oaxaca junto con mi familia. Estoy seguro que la única transformación posible es la que nace de los corazones que son tocados por Dios a través de su palabra.

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