La Biblia dice en Mateo 1:3

Judá engendró de Tamar a Fares y a Zara, Fares a Esrom, y Esrom a Aram.

Introducción

Para muchos resulta muy aburrido e irrelevante que el evangelio de Mateo comience presentando la genealogía de Jesucristo o su árbol genealógico. Son nombres, nombres y más nombres que para muchos no dicen nada, pero cuando nos detenemos a revisar esa sección descubrimos verdades sorprendentes y aleccionadoras.

Es el caso de las cinco mujeres que presenta Mateo entre los antepasados de Jesús, tomados desde Abraham, cuatro son gentiles y una hebrea. Tamar, Rahab, Rut y la que fue mujer de Urías (Betsabe) no eran judías, mientras que María sí.

La historia de las primeras cuatro mujeres mencionadas nos servirán para reflexionar sobre uno de los grandes beneficios que trajo consigo la encarnación de Cristo en este mundo. Para comprender la magnitud de lo escrito por Mateo debemos conocer algunos valores de la cultura judía en cuanto a sus ascendientes.

Los judíos tuvieron desde siempre un gran cuidado por preservar sus orígenes. Desde el libro de Génesis encontramos este ejercicio de registrar el nombre de sus antepasados. Dicha práctica se volvió común entre ellos, al grado de que el primero y segundo libro de las Crónicas es en realidad un libro de registro de ascendientes.

Generalmente se anotaban solo hombres, Mateo hace algo inusual porque coloca o menciona a mujeres. Por supuesto que esta decisión tiene una intención. Sobre todo porque las mencionadas no fueran judías, sino gentiles. Mateo tiene un objetivo muy definido, y un mensaje claro sobre todo para los judíos que eran muy celos de su pureza racial.

Al incluirlas en su listado, el mensaje para la cristiandad es diáfano y contundente: Los gentiles también forman parte de plan de salvación y las mujeres que legaron hijos a hombres tan prominentes como Judá y David no fueron desechadas, sino al contrario Dios les permitió formar parte de la familia del Salvador.

Antes de plantear el nacimiento de Cristo, Mateo nos lleva por el registro de nombres en los que sobresalen por supuesto los varones, pero también muy destacadamente mujeres a quienes Dios usó para traer a este mundo hijos de quienes a la postre se convirtieron en parientes de Cristo.

El mensaje es claro: Dios incluyó a estas mujeres en su familia y a nosotros también, sin ser dignos de ella y a pesar de todos nuestros errores y faltas, tal como lo veremos al revisar la biografía de estas cuatro mujeres que nos ayudarán a comprender el inmenso amor de Dios hacia todos nosotros. Hoy comenzamos con Tamar.

Cristo nació: pertenecemos a la familia de Dios

I. A pesar de nuestros errores: Tamar

A. Al buscar nuestros sueños
B. Al engañar
C. Al obtener todo sin ninguna consideración

La historia de Tamar la encontramos en Génesis 38. Es un relato estremecedor de una mujer que quedó dos veces viuda y cuando, de acuerdo a la ley del levirato, el tercer hijo de Judá no se le dio como esposo, engañó a su suegro y urdió un engañoso plan para tener descendencia.

A. Al buscar nuestros sueños

Tamar quería ser mamá. No quería tanto un esposo porque ya había tenido dos y los dos habían fallecido. El anhelo de ella era tener un descendiente. Por eso planeó meticulosamente engañar a su suegro. Hemos de decir que Judá fue corresponsable de lo acontecido.

Esta mujer respondió a lo que su cultura le había enseñado. Ella era una cananita. Los cananitas eran descendientes de Cam, hijo de Noé que se distinguieron siempre por su inmoralidad sexual. A ella no le pareció incorrecto el hecho de sostener relaciones con el padre de sus dos maridos.

Ella soñaba con tener hijos y ese inconveniente social para ella no fue problema porque se disfrazó de prostituta con tal de llegar a tener lo que tanto deseaba. Ella se equivocó terriblemente al mirar solo sus sueños, proyectos, planes y objetivos sin considerar absolutamente la manera de llegar a ellos.

Claro que todos podemos obtener muchas cosas materiales en este mundo, pero debemos siempre preguntarnos si lo que hacemos para llegar a ellos es correcto o agradable a Dios porque obtener bienes o cosas para satisfacer nuestros anhelos sin mirar cómo llegamos a ellos puede resultar equivocado.

B. Al engañar

La historia de Tamar esta enmarcada en el engaño. La mentira, la suplantación y la falsedad son las características que encontramos en esta mujer que usó la costumbre de aquellos días en los que las rameras se tapaban la cara para no ser descubierta, ni por su familia, ni por el propio Judá.

Para ella no fue ni agraviante, ni descabellado hacer lo que hizo. Su plan fue meticulosamente pensado y ejecutado de tal manera que todo fue aparentemente normal de tal suerte que Judá cayó en el engaño y después en la vergüenza de saberse padre.

La vida de muchos transcurre entre mentiras. La mentira es dañina porque deforma moralmente a la personas de tal manera que llega un momento en el que sus propias mentiras los devoran y terminan creyendo o pretendiendo que el mundo que han construido con falsedades es real.

C. Al obtener todo sin consideración alguna

Tamar fue una mujer sumamente astuta. Pero también fue una mujer calculadora que conocía perfectamente la naturaleza de los varones. Ella pasó por encima de cualquier consideración ética con tal de llegar a sus objetivos o su objetivo, pero se protegió para que a ella no le ocurriera nada.

Las prendas que le dejó Judá le ayudaron a defenderse cuando se supo que estaba embarazada y el hijo de Jacob tuvo que reconocer su falta al no darle como esposo a su tercer hijo. Génesis ya no nos dice que ocurrió después, solo que ya no la conoció y que tuvo gemelos. Uno llamado Fares y Zara.

El primogénito fue Fares a quien Mateo menciona en su genealogía como descendiente de Judá y familiar de Cristo.

Su inclusión revela el perdón que Dios otorgó a esta mujer que cometió grandes errores, pero que la gracia infinita de Dios la colocó en la familia de Cristo. Su historia nos inspira para recordarnos que el amor de Dios perdona toda maldad y nos adopta para ser llamado sus hijos.

Porfirio Flores
Indígena zapoteco de la sierra norte de Oaxaca, México. Sirvo a Cristo en la ciudad de Oaxaca junto con mi familia. Estoy seguro que la única transformación posible es la que nace de los corazones que son tocados por Dios a través de su palabra.

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