La Biblia dice en Salmo 79:13

“Y nosotros , pueblo tuyo, y ovejas de tu prado, te alabaremos para siempre; de generación en generación cantaremos tus alabanzas.”

Uno de los grandes desafíos que tuvieron los judíos de todos los tiempos fue transmitir su fe a sus hijos. Dejar en sus descendientes la convicción que Dios es real y que se puede vivir bajo su autoridad fue todo un reto que muchas veces fracasó porque en ocasiones se levantó una generación que no conocía a Dios.

Por supuesto que en algunos casos se logró hacer que los hijos se mantuvieran en la fe de sus padres. Un ejemplo muy claro de esta verdad son los hijos de Coré y los hijos de Asaf que se mantuvieron fieles a su vocación y acompañaron la adoración a Dios por muchas generaciones.

De hecho este salmo fue escrito por los descendientes de Asaf aunque le dieron crédito a su padre o cabeza de familia y por eso aparece como si él lo hubiera escrito. El salmo aborda justamente el tema de la destrucción de Jerusalén que le sucedió a una generación que se apartó del Señor. Para ese tiempo, Asaf, ya había muerto.

Y por eso el salmo setenta y nueve termina con un compromiso del salmista reconociendo que Israel, como pueblo de Dios y ovejas del prado del Señor, alabarán siempre al Creador. Lo harán, dice, de generación en generación para evitar de esa manera tragedias y calamidades como la ocurrida a la generación que vio destruida la santa ciudad de Dios.

La adoración a Dios comienza con acciones sencillas como ir a su casa y alabarle cantando. La disposición para hacer esto en todo momento marca a nuestros hijos que saben de que las cosas de Dios son serias cuando nosotros como padres tomamos con mucho cuidado nuestra responsabilidad ante el Señor.

Como pueblo de Dios y como ovejas del Señor nosotros tenemos el privilegio de alabarle y cantar a su nombre. Esa es nuestra ocupación primordial o esencial para tener comunión con el Dios que disipa a nuestros enemigos y hace que vivamos en paz, pero que castiga la rebelión con acciones contundentes.

Cantemos, pues, al Señor con todo nuestro corazón y hagámoslo de tal manera que la generación que nos suceda puede tomar de nosotros ejemplo y continúe con esta labor que trae tanta y tanta bendición.

Porfirio Flores
Indígena zapoteco de la sierra norte de Oaxaca, México. Sirvo a Cristo en la ciudad de Oaxaca junto con mi familia. Estoy seguro que la única transformación posible es la que nace de los corazones que son tocados por Dios a través de su palabra.

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