La Biblia dice en Proverbios 3:5

Fíate de Jehová de todo tu corazón, y no te apoyes en tu propia prudencia.

La vida nos depara toda suerte de circunstancias favorables y desfavorables. En todas ellas, en las buenas y en la malas, Salomón nos pide que depositemos nuestra confianza en Dios. La palabra confianza implica seguridad, esperanza, pero sobre todo la certeza de que el Señor nos sabrá cuidar en esos momentos cuando no sabemos qué hacer.

En contraparte, el rey sabio de Israel nos pide que nos despojemos de la arrogancia de pensar que nosotros mismos podemos ver por nuestros problemas o adversidades que llegan a nuestra vida confiando exclusivamente en nuestra “propia prudencia”, que también se puede traducir como inteligencia o entendimiento.

El proverbista nos esta llevando a revisar seriamente uno de los grandes males que los seres humanos tenemos de confiar excesivamente en nuestra experiencia y conocimientos para resolver algunos de los problemas que llegan a nuestra vida, prescindiendo del Creador y a veces en abierta rebelión a Dios.

Se trata de dejar en manos de Dios absolutamente no solo todos nuestros problemas, sino también planes, sueños, proyectos, pero con una característica: de todo corazón, o si se quiere con todo nuestro ser. Sin ningún resquicio de duda o guardándonos algo para nosotros.

Definitivamente se trata de encomendar al Creador toda nuestra vida. Confiar de tal manera que vivamos con tranquilidad y seguridad de que siempre verá por nosotros y hará por nosotros lo mejor, aun cuando las circunstancias nos digan o incluso nos griten todo lo contrario.

Pero dejar en las manos de Dios todo, implica hacernos a un lado y justamente allí es donde radica uno de nuestros grandes problemas. Con nuestros labios decimos que confiamos en Dios, pero nuestras acciones dicen otras cosas, porque aún pensamos que podemos ayudar a Dios.

No se trata de desentendernos por completo de nuestros problemas, sino de dejar a Dios obrar. Confiar no implica cruzarnos de brazos, pero tampoco intentar colaborar con Dios en temas dónde solo su soberanía podrá transformar los males en bienes. Se trata de dejar a Dios ser Dios.

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