La Biblia dice en Efesios 3: 13

“Por eso les ruego que no se desanimen a causa de lo que por ustedes estoy sufriendo, porque esto es más bien un honor para ustedes.”

La carta a los Efesios es llamada la carta de la prisión junto con Filipenses, Colosenses y Filemón porque según los historiadores fue escrita desde la cárcel la primera vez que Pablo fue encarcelado en Roma, luego de apelar al César cuando fue detenido en Jerusalén acusado de profanar el templo de los judíos.

Su confinamiento en la capital del imperio provocó muchas especulaciones, más de las que ya había, porque la vida del apóstol, sobre todo la ministerial, estuvo llena de acusaciones falsas que los judaizantes y los falsos hermanos propagaban con tal de detener su labor como misionero del evangelio.

En aquellos días los rumores sobre la vida del mentor y pastor de varias decenas de iglesias se propagaban y era necesario aclararlas, por eso les escribe cartas donde vierte su versión, donde aborda su situación y sobre todo donde presenta el estado de ánimo en el que se encuentra y la actitud que quiere que asuman los hermanos en Cristo.

A los Efesios les pide que no se desanimen por lo que él está pasando. Y la verdad es que lo que le acontecía a Saulo de Tarso era en verdad muy triste porque estaba preso no por un delito, no por una falta grave, sino por predicar. En estos días el título de su reclusión sería por motivos de conciencia. Era un preso de conciencia.

Estaba confinado en una cárcel por lo que pensaba no por lo que hacía. Y una injusticia siempre provoca desasosiego, tristeza y mucho desaliento, no solo en quien la padece, sino en quienes le aprecian y aman y por eso Pablo les pide a sus hermanos de la iglesia de Éfeso que no pierdan el aliento.

Y se los pide porque reconoce que para él esos padecimientos son un honor para los miembros de su iglesia. Es decir, no son motivo para dejar de creer o abandonar la fe, sino una contundente prueba de que su servicio se encuentra en sintonía con los padecimientos de Cristo, quien padeció una injustica todavía más severa.

El desaliento nos hace mucho daño porque nos paraliza, nos hace creer que ya no hay nada más que hacer, y definitivamente nos engaña haciéndonos pensar que el Señor ha dejado de estar con nosotros, cuando en realidad es cuando más cerca de nosotros está.

Porfirio Flores
Indígena zapoteco de la sierra norte de Oaxaca, México. Sirvo a Cristo en la ciudad de Oaxaca junto con mi familia. Estoy seguro que la única transformación posible es la que nace de los corazones que son tocados por Dios a través de su palabra.

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