La Biblia dice en Hechos 28: 22

“Quisiéramos oír lo que tú piensas, porque sabemos que en todas partes se habla en contra de esta nueva secta.”

Cuando Pablo llegó a Roma preso, luego de varios meses de su detención en Jerusalén, una de sus primeras tareas fue reunirse con los principales judíos que habitaban en la capital del imperio romano. Les explicó las razones por las que llegaba encadenado a esa ciudad y testificarles de la verdad de Jesucristo.

Ellos se sinceraron con él y le dijeron que de la capital de Israel no había llegado ninguna noticia sobre su persona, pero no así de su predicación y plantación de iglesias en muchas de la ciudades romanas y se aprestaron a oírlo porque había una terrible maledicencia contra los cristianos. 

Los judíos le llamaron secta que se ha prolongado hasta nuestros días. Fue, es y será una forma despectiva de referirse a la fe cristiana, que ha tenido detractores que sin conocer sus bases y fundamentos la atacan, la hostigan y la persiguen, como si de esa forma pudieran acabar con ella o destruirla. 

Los judíos de Roma del primer siglo oyeron y supieron la mala fama que le crearon a las iglesias que Pablo levantaba. Por una parte, los propios judíos que se sentían ofendidos porque se les habla a los gentiles una fe que emanaba de la ley mosaica y por otra, los romanos que se sentían grandemente ofendidos por su idolatría sin medida. 

Tristemente esa realidad no ha cambiado mucho. Hoy, hay voces que siguen hablando en contra de la iglesia, e incluso algunos la siguen llamando secta. La razón es la misma que hace dos mil años: a la gente le disgusta mucho que la iglesia se plante con verdades como el juicio venidero, el castigo del pecado y la condenación eterna. 

Esos conceptos no son agradables en un mundo que vive disoluto, que encuentran en el placer su única vocación y que desea que nadie le ponga freno y le diga que es bueno y que es malo y, entonces, arremete contra la iglesia, contra sus miembros y dirigentes culpándolos de cualquier cosa. 

Sin embargo, a pesar de todos esos ataques la iglesia sigue en este mundo, con grandes retos y grandes desafíos que ha sorteado y que al final vencerá porque está convocada a las bodas del Cordero a donde estará presente, sí o sí.

Porfirio Flores
Indígena zapoteco de la sierra norte de Oaxaca, México. Sirvo a Cristo en la ciudad de Oaxaca junto con mi familia. Estoy seguro que la única transformación posible es la que nace de los corazones que son tocados por Dios a través de su palabra.

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