La Biblia dice en Éxodo 35:2

“Seis días se trabajará, más el día séptimo os será santo, día de reposo para Jehová; cualquiera que en él hiciere trabajo alguno morirá.”

La gran herencia del pueblo de Israel a la humanidad fue un día de descanso a la semana luego de seis días de labor. Desde el Génesis, pero formalizado en la ley hebrea el séptimo día constituye sin duda alguna la más formidable aportación de los judíos al mundo porque fue la base para que hoy los hombres tengan un día de descanso legal.

Por supuesto que al comienzo a los israelitas el sábado les trajo más problemas que reconocimiento porque en la ignorancia el mundo nunca entendió porque ese día tenía tanta fuerza entre ellos y fue una de las razones por las que los persiguieron, sobre todo cuando el domingo quedó instituido como el día del Señor en la iglesia.

Sin embargo, a pesar de la fuerza social y política del domingo, ellos se mantuvieron firmes en su práctica y fueron los ingleses quienes decidieron hacer los sábados y domingos como días de descanso, generando así la famosa semana inglesa de solo cinco días de jornada laboral.

El día de descanso quedó así formalizado entre los judíos como desde siempre el sábado y el domingo como el día para los cristianos. Ese es el día en que se deja toda actividad humana y se concentra en el estudio, adoración y comunión con el Creador. Es un día que apartamos para dedicarlo exclusivamente a Dios.

Este es un día vital, fundamental, valioso porque es la forma en que se le hace notar a Dios que él es más importante que cualquier otra actividad. Que nada es más importante que relacionarnos con él.

No pensemos que al hacerlo le hacemos un bien a Dios. Al contrario el beneficio lo recibimos nosotros porque hacemos una pausa en nuestra vida para desconectarnos totalmente del mundo con sus afanes y ansiedades y damos paso a la quietud y tranquilidad que viene de reposar con Dios.

Detenernos en la vorágine de nuestras actividades y permitirnos un receso nos ayuda grandemente y si a ello le agregamos dedicarnos al estudio de la palabra de Dios y cantarle al Señor el beneficio es sumamente grande por lo cual debemos considerar la importancia de dedicarle al Señor un día completo de nuestra existencia.

Ninguna terapia puede hacer tanto para calmar nuestra ansiedad que tener comunión con Dios. Parar nuestro acelerado estilo de vida, descansar junto con Dios hace de esta existencia el mejor antídoto contra la falta de paz y tranquilidad tan común en estos días.

Porfirio Flores
Indígena zapoteco de la sierra norte de Oaxaca, México. Sirvo a Cristo en la ciudad de Oaxaca junto con mi familia. Estoy seguro que la única transformación posible es la que nace de los corazones que son tocados por Dios a través de su palabra.

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