La Biblia dice en Salmos 89:15

“Oh Señor, feliz el pueblo que sabe alabarte con alegría y camina alumbrado por tu luz.”

El salmo ochenta y nueve, escrito por Etan, nombre de un reconocido salmista de la época de David, fue inspirado para recordar el pacto que Dios hizo con David para que un descendiente de su linaje se convirtiera en el Soberano del todo el mundo, responsabilidad que recayó en Jesucristo que en su ministerio fue llamado precisamente Hijo de David.

La aspiración de los judíos es desde entonces que el vástago de David gobierne a su pueblo y domine al mundo porque solo de esa manera los hebreos podrán gozar de la bendición de ser el pueblo escogido de Dios, algo que si bien ha ocurrido en algunos momentos de la historia ha sido muy breve en vista de que han sido perseguidos de manera constante.

De allí el verso que hoy meditamos en el que el salmista reconoce que el pueblo de Dios puede ser feliz si se ciñe a dos mandamientos básicos y esenciales: en primer lugar saber alabar al Creador con alegría y en segundo término caminar alumbrado por la luz del Dios Todopoderoso.

Alabar a Dios con alegría es un desafío sobre todo cuando como pueblo han padecido tanto los judíos. En Europa la historia de ellos es un relato oprobioso porque fueron perseguidos, hostigados, despojados y expulsados por el solo hecho de practicar su fe de una manera distinta a la católica. En medio de esa realidad debían de alabar a Dios con alegría.

Adorar al Señor con alegría es relativamente sencillo cuando todo marcha a nuestro favor, el reto es bendecir su nombre cuando todas las circunstancias parecen hechas para callarnos o adorar a Dios apagados y alabarlo solo por cumplir con un requerimiento suyo, pero no, adorarlo con alegría es un saber que debemos aprender.

Pero la felicidad de un pueblo se consolida también con caminar alumbrado por la luz de Dios. Esto quiere decir, en términos bien sencillos, que debemos dejarnos conducir por su persona por donde a él le parece mejor que vayamos. Puede ser que no nos guste la ruta o la senda, pero es por esos lugares donde quiere vayamos.

Se trata de dejarnos conducir por quien mejor sabe el camino porque ya lo recorrió y ya conoce su destino. Nosotros no sabemos por donde ir y cuando tomamos nuestra propia ruta generalmente terminamos muy mal, desorientados y perdidos.

La felicidad es posible. Claro que sí. Solo se requiere que aprendamos a alabarlo con alegría a pesar de que tal vez no haya motivos para hacerlo y también que nos dejemos conducir por él que es sabio sin medida. Haciendo esto tendremos garantizada la dicha y la bienaventuranza de seguir al Creador del universo.

Porfirio Flores
Indígena zapoteco de la sierra norte de Oaxaca, México. Sirvo a Cristo en la ciudad de Oaxaca junto con mi familia. Estoy seguro que la única transformación posible es la que nace de los corazones que son tocados por Dios a través de su palabra.

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