La Biblia dice en Job 40:12

“Mira a todo soberbio, y humíllalo, y quebranta a los impíos en su sitio.”

El único que puede humillar a los soberbios es Dios y también quebrantar a los impíos es él. Ningún hombre puede hacer eso. Eso es lo que Dios le dice a Job cuando lo interroga con diversas preguntas. El diálogo entre el Señor y el patriarca nos muestra que el Creador tiene prerrogativas que ningún ser humano alcanza.

Frente a los altivos y los malvados los hombres solo podemos contemplarlos y en muchas ocasiones sufrir su actitud. Su indolencia, su perversidad y su petulancia la sufrimos y nada podemos hacer contra ellos, pero en el caso de Dios eso no sucede. Cuando Dios así lo determina pone en su lugar a estas dos clases de seres que hay en este mundo.

Dios humilla y quebranta al orgulloso y al perverso. Dios no tiene límites ni tampoco restricciones cuando se trata de darle a esta clase de personas su merecido por actuar de espaldas a lo que el Señor ha ordenado y ese argumento sirve para mostrarle a Job sus grandes limitaciones.

El hombre tal vez puede castigar algunas de estas personas con acciones muy menores, pero Dios tiene la facultad y el poder para hacerlo de tal manera que orgullos y malvados reciban la justa retribución a sus malas obras en el momento que menos lo esperan y sobre todo en el mismo lugar donde cometen sus fechorías.

Dios se reserva el derecho de proceder contra ellos de manera pública para que todos podamos apreciar claramente que nadie puede ir contra Dios y salir ileso. Nadie puede afrentar al Creador y sus criaturas sin recibir la justa retribución a su conducta. De esa manera Dios muestra su grandeza e inmenso poder.

Humillar y quebrantar son dos expresiones distintas, aunque parecidas. Humillar es bajar de su altivez, mientras que quebrantar va más allá porque implica hasta la desaparición física de un persona. En otras palabras el Creador derriba y destruye a los malvados y perversos cuando así le place. El hombre no tiene esa facultad. Solo Dios.

Porfirio Flores
Indígena zapoteco de la sierra norte de Oaxaca, México. Sirvo a Cristo en la ciudad de Oaxaca junto con mi familia. Estoy seguro que la única transformación posible es la que nace de los corazones que son tocados por Dios a través de su palabra.

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