La Biblia dice en Éxodo 25:8

“Y háganme un santuario para que yo habite entre ellos.”

Dios le ordenó a Moisés que construyeran un tabernáculo en el desierto. La palabra tabernáculo literalmente significa tienda. La instrucción tenía sentido si nos atenemos a que los judíos se dirigían a la tierra prometida y tenían que moverse una y otra vez y por ello era necesaria una casa desmontable para volverla a instalar donde se detuvieran.

Sin embargo a pesar de ser una tienda desmontable, el miskhan, como los judíos le llamaron a este lugar, mereció el titulo de santuario. La palabra santuario en el hebreo es de suyo interesante. Procede de la raíz “miqdash” que significa “un lugar sagrado” o “recinto apartado”. Se usó tanto para llamar al tabernáculo, como luego para el templo de Jerusalén.

El santuario fue una necesidad humana más que divina. Los hebreos necesitaban contar con un lugar donde pudieran tener comunión con su Creador porque en realidad Dios está en todo lugar donde se le invoca, pero para que los judíos contarán con un lugar visible se les instruyó sobre ese recinto sagrado.

El Señor decidió que su presencia moraría entre su pueblo y para ello requería un lugar especial que fue sencillo, pero no por eso sin valor o importancia, sino todo lo contrario fue un espacio que mereció no solo el cuidado de la tribu de Leví y la familia sacerdotal nacida de Aarón y sus hijos, sino de la atención de todo el pueblo.

El santuario fue ordenado por Dios con una razón fundamental: quería habitar con su pueblo. Dios quería morar con sus hijos. En otras palabras quería vivir con ellos para darles seguridad, confianza y tranquilidad en medio de ese inhóspito desierto. Dios quería participar con ellos en sus alegrías y tristezas.

El santuario se constituyó, entonces, en la forma visible de la manifestación de la presencia de Dios entre su pueblo. Se trataba de una manera muy efectiva de mostrarles que estaba con ellos y en medio de ellos. Que quería estar cercano, que jamás de desentendería de su vida.

Ahora, a través de Jesucristo, Dios vive en todos aquellos que le dan un lugar especial en su corazón. El corazón de cada uno de nosotros es un santuario donde mora para acompañarnos en todo momento.

Porfirio Flores
Indígena zapoteco de la sierra norte de Oaxaca, México. Sirvo a Cristo en la ciudad de Oaxaca junto con mi familia. Estoy seguro que la única transformación posible es la que nace de los corazones que son tocados por Dios a través de su palabra.

Deja tu comentario