La Biblia dice en Jonás 1:15

“Dicho esto, echaron a Jonás al mar, y el mar se calmó.”

El barco que salía a Tarsis, un lugar que muchos ubican en las costas de España por el lado del Atlántico, que era considerado el límite occidental de esa época, parecía hundirse por una inusual tormenta y tanto Jonás como los marineros que conducían la nave sabían perfectamente la causa de la braveza de las olas y del clima.

El profeta ya les había declarado no solo su nacionalidad y su labor, sino que les dijo que huía de la presencia de Dios. Literalmente Jonás quería irse al último punto de la tierra con tal de no cumplir con la voluntad de Dios, pero no contaba con que el Señor lo llevaría a Nínive, a donde le había ordenado trasladarse.

La historia es estrujante, pues los marineros no querían arrojar a Jonás al mar, pues sabían que moriría irremediablemente y por eso en un último intento por salvarlo y salvarse ellos se apresuraron a remar hacia tierra firme, pero el mar se violentó todavía más y finalmente resolvieron hacer lo que no deseaban hacer: arrojar al profeta al mar.

Una de las tantas cosas que nos impacta de la historia de Jonás es lo que dice el verso que hoy meditamos: en cuanto Jonás saltó del barco el mar se calmó. Me imaginó la cara de los marineros cuando de la tormenta, con el agua llegándoles hasta los aparejos y a punto de hundirse, todo se volvió un intensa calma.

El relato del libro de Jonás nos ayuda a entender que la disciplina del Señor es durísima, pero devuelve la calma. Es en ocasiones dolorosísima, pero nos regresa la paz. El autor de Hebreos escribe claramente que “ninguna disciplina al presente parece ser causa de gozo, sino de tristeza, pero luego da frutos apacibles de justicia a los que en ella han sido ejercitados”.

Me gusta como traduce este verso la versión de la Biblia Hispanoamericana porque lo presenta así: “Ninguna corrección resulta placentera cuando se recibe, al contrario es desagradable. Mas a la postre, a quienes se sirven de ella para ejercitarse, les reporta frutos de paz y rectitud.”

Dios amaba profundamente a Jonás y por eso le hizo pasar esos terribles y angustiosos momentos. Le mostró y demostró que el Señor del cielo y de la tierra es él, que sus designios son inmutables y que a todos nos puede tomar para “arrojarnos al bravío mar y éste se calmara”.

Dios al hijo que ama lo corrige de lo contrario, dice el autor de los Hebreos, no sería hijo, sino bastardo.

Porfirio Flores
Indígena zapoteco de la sierra norte de Oaxaca, México. Sirvo a Cristo en la ciudad de Oaxaca junto con mi familia. Estoy seguro que la única transformación posible es la que nace de los corazones que son tocados por Dios a través de su palabra.

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