La Biblia dice en Proverbios 20:30

“Las heridas agudas limpian el pecado. También lo hacen los azotes que llegan a lo más interior.”

Según este verso tomado de la versión de la Biblia Hebrea, que contiene los treinta y nueve libros que el pueblo judío reconoce como inspirados, la sanidad interior afectada por el pecado tiene dos maneras de tratarse por parte de Dios: 1. Heridas agudas y 2. Los azotes a fin de purificar a los creyentes cuando han errado en el blanco, que es el sentido de la palabra pecado.

Hay dos palabras que merecen nuestra atención para entender este verso. La primera es “heridas” que procede del hebreo “chaburah” y que se traduce como golpe, flagelación y hasta como moretón. Se refiere a un castigo corporal que tiene como finalidad limpiar el pecado en la vida de una persona. Se puede tratar de una enfermedad que toca la vida.

La segunda palabra es “azotes” que lo mismo se traduce como plaga, desastre y matanza y que nos lleva a pensar en un hecho que incluye un castigo físico, pero que definitivamente es sumamente más severo para dejar una marca inolvidable en la vida de quien la sufre o padece en esta vida porque implica una devastadora acción.

Así podemos comprender que el tratamiento del pecado por parte Dios es agresivo y durísimo como lo podemos apreciar claramente en el trayecto de Egipto a la tierra prometida donde el Señor mostró como azota y como hiere cuando la obstinación y rebeldía llena la vida de sus hijos.

Uno de los ejemplos más dramáticos de esta verdad la encontramos en la historia de Nadab y Abiú, hijos del sacerdote Aarón que murieron en el tabernáculo cuando ofrecieron fuego extraño en el altar del Señor. El pecado fue sancionado duramente y el castigo quedó grabado en lo más interno de los integrantes de ese clan.

Podemos comprender, entonces, que Dios se reserva el derecho de actuar conforme a sus eternos propósitos y de acuerdo a sus siempre soberanos planes a la hora de ejecutar sus juicios para atender el pecado y la maldad usando las heridas agudas y los azotes que llegan a lo más interior.

Ambas son dolorosísimas, pero necesarias. El pecado hace que Dios actúe de esta manera, pero una vez apartados de la maldad Dios nos muestra su favor y gran compasión para servirle con gratitud y caminar sus sendas con integridad y sinceridad, teniendo presente siempre que él es fuego consumidor.

El texto de hoy nos recuerda que Dios tiene un tratamiento infalible contra el pecado cuando sus hijos caen en él y en lugar de salir de allí, se quedan viviendo en la maldad.

Porfirio Flores
Indígena zapoteco de la sierra norte de Oaxaca, México. Sirvo a Cristo en la ciudad de Oaxaca junto con mi familia. Estoy seguro que la única transformación posible es la que nace de los corazones que son tocados por Dios a través de su palabra.

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