La Biblia dice en Isaías 6:8

“Entonces oí la voz del Señor, que decía: ¿A quién voy a enviar? ¿Quién será nuestro mensajero? Yo respondí: Aquí estoy yo, envíame a mí.”

Después de un encuentro personal con Dios en el que conoció la santidad del Señor, Isaías, un hombre de cuna noble, emparentado con reyes y gobernantes de Israel, se puso a la disposición del Creador para convertirse en su mensajero y asumir una responsabilidad que al igual que todos sus homólogos estaba pavimentada de sinsabores y frustraciones.

Al conocer al Señor de cerca el vidente de Dios tuvo, no solo la disposición de ser mensajero sino la de ser enviado a un pueblo que conocía perfectamente, que sabía de su desviación, de sus idolatrías, pero fundamentalmente de su endurecido corazón que lo había llevado a llenarse de iniquidad.

Isaías estaba aceptando un reto sumamente complejo. Estaba disponiendose a ir a hablar de Dios a un pueblo obstinado, rebelde y sin la mínima intención de acercarse al Señor, una tarea ingrata y desafiante porque era hablarle a gente hipócrita que con sus labios alababa a Dios, pero su corazón estaba bien lejos.

Y ese es justamente el gran mérito del profeta porque nunca pensó que su labor estaría llena de grandes auditorios, sino de pequeños grupos muy apegados a su mala conducta a los que exhortaría y que en muchas ocasiones ni siquiera lo escucharían y cuando lo atendieran sería solo para reclamarle, perseguirlo y tratar de dañarlo.

La expresión envíame a mí que usa Isaías no tenía nada de glamoroso, al contrario conllevaba una profunda carga de sinsabores y sufrimientos que algunos historiadores creen que llevaron al profeta a morir de una manera muy violenta: cuando la carta a los Hebreos dice que algunos héroes de la fe murieron aserrados, muchos dan por sentado que fue Isaías el que murió de esa forma.

Pero el profeta estaba dispuesto a todo. Al aceptar ser el mensajero de Dios, entendió que de esa manera estaba entregado completamente su vida a una causa que humanamente parecía destinada al fracaso, pero ante Dios estaba asumiendo la mejor de las decisiones: entregar su vida a un propósito eterno que tiene su recompensa por parte del Creador.

Dios anhela hombres y mujeres dispuestos a dar su vida por su obra, dispuestos a dejarlo todo para abrazar una misión en la que enfrentarán oposición y gente que se molestará por confrontarlos con la verdad divina.

Porfirio Flores
Indígena zapoteco de la sierra norte de Oaxaca, México. Sirvo a Cristo en la ciudad de Oaxaca junto con mi familia. Estoy seguro que la única transformación posible es la que nace de los corazones que son tocados por Dios a través de su palabra.

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