La Biblia dice en Juan 16: 21

“Cuando una mujer va a dar a luz, se aflige porque le ha llegado la hora; pero después que nace la criatura, se olvida del dolor a causa de la alegría de que haya nacido un hombre en el mundo.”

Dolor y alegría enmarcan el milagro más maravilloso que puede ocurrir en esta vida: una mujer convertida en madre. Y así transcurre su vida a lo largo de toda su existencia: sufre con los padecimientos de sus hijos y se alegra con mucho regocijo cuando los ve salir adelante en este mundo tan caótico. 

Dios le delegó la responsabilidad a las mujeres de perpetuar la especie humana en este planeta. Fueron ellas las que designó para procrear diseñando un cuerpo perfecto para albergar en su vientre un ser que antes de llegar a este mundo le produce incomodidades y el día de nacer, dolores de parto, pero luego un dicha sin medida al abrazarlo. 

Con sus raras excepciones las madres son seres que se diferencian grandemente de los varones porque su corazón maternal parece haberse labrado con un material traído del cielo mismo pues constituyen un mar inagotable de perdón y compasión por sus hijos, a veces inexplicable, otra veces incomprensible. 

Son ellas, quienes nunca dejan de cargar en su corazón a sus hijos y sus hijas. Son quienes los procuran cuando son niños y aun cuando ya pueden valerse por sí mismos nunca los dejan de ver como sus vástagos y de ser posible moverían hasta la montaña más grande con tal de no verlos sufrir. 

Dolor y alegría es solo posible en un corazón de mamá. Nadie sufre como ellas cuando un hijo o hija se descarrila en esta vida. Nadie espera con tanta paciencia y amor para que recapaciten. Nadie como ellas para vivir esperanzadas de que un día ese hombre o esa mujer volverán a ser cuerdos. Nadie. 

Pero su alegría es infinita cuando los ven salir adelante, cuando ese hijo o hija triunfan en algo. El éxito lo disfrutan, sin importar el tamaño de la hazaña, para ellas da lo mismo un pequeño logro que una gran victoria. Ellas no miden para amar. Aman sin medida. 

El talante de las mamás sobrepasa por mucho la insolencia de los hijos ingratos, de los distantes y fríos. Para ellas son tan hijos como los que les procuran. Su corazón se esculpió con un material traído del trono del Señor porque es todo bondad y compasión para ayudar a sus descendientes que muchas veces ni siquiera lo merecen. 

Porfirio Flores
Indígena zapoteco de la sierra norte de Oaxaca, México. Sirvo a Cristo en la ciudad de Oaxaca junto con mi familia. Estoy seguro que la única transformación posible es la que nace de los corazones que son tocados por Dios a través de su palabra.

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