La Biblia dice en Romanos 8: 35

“¿Quién nos podrá separar del amor de Cristo? ¿El sufrimiento, o las dificultades, o la persecución, o el hambre, o la falta de ropa, o el peligro, o la muerte violenta?”

Pablo está convencido del amor de Cristo. Para él su encuentro con Jesús en el camino a Damasco cuando iba persiguiendo a los creyentes, lo marcó de por vida. Era un blasfemo, perseguidor e injuriador de la iglesia, pero fue recibido a misericordia por la pura gracia de nuestro Señor Jesucristo. 

Ese hecho lo convenció de que el amor de Cristo no tiene medida, no tiene tamaño y no tiene fin. El amor del Señor por él y por su pueblo es así: eterno, imperturbable e inacabable y por esa razón es imposible que haya algo en esta vida o en este mundo que nos pueda privar de su compasión, piedad, misericordia y bondad. 

El sufrimiento, las dificultades, la persecución, el hambre, la falta de ropa, el peligro e incluso la muerte violenta no podrán jamás apartarnos del inmenso amor de Cristo por nosotros. De parte de Jesús no existe ninguna razón para dejarnos solos o para dejar de prodigarnos su infinito amor. 

El apóstol Pablo sabe perfectamente que el cristianismo tiene odiadores y en consecuencia los seguidores de Jesús llegarán a padecer, también sabe que la vida tiene pasajes de grandes adversidades. Eso no lo niega ni lo evade. Al contrario lo señala con perfecta claridad, pero por encima de todo ello, el amor de Dios lo llena todo en la vida del creyente.

El amor de Cristo más que un concepto es una verdad práctica. Jesús no habló de su amor por nosotros. Lo mostró. ¿Cómo lo mostró? Padeciendo toda clase de sufrimientos y consumiendo su vida en la cruz del calvario para que nosotros pudiéramos pasar de muerte a vida en este mundo y en el venidero alcanzar la vida perdurable. 

Cuando Pablo habla del amor de Cristo no habla de una idea o teoría. Nada de eso. Nos habla de la expresión más notoria de la obra de Dios al dejar que su Hijo viniera al mundo a ofrendar su vida por cada uno de nosotros, sin importar nuestra lamentable condición pecaminosa. 

Dios nos ama y su mejor carta de presentación es el amor de Cristo. Tiene tal fuerza ese amor, tiene tal certeza y una prueba indubitable que jamás podrá ser derrotado. Somos objetos de esa clase de amor por eso nada nos puede separar de él. 

Porfirio Flores
Indígena zapoteco de la sierra norte de Oaxaca, México. Sirvo a Cristo en la ciudad de Oaxaca junto con mi familia. Estoy seguro que la única transformación posible es la que nace de los corazones que son tocados por Dios a través de su palabra.

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