La Biblia dice en Marcos 7:15

“Nada de lo que entra de afuera puede hacer impuro al hombre. Lo que sale del corazón del hombre es lo que lo hace impuro.”

Dios diseñó un sencillo sistema para preservar la pureza ritual de los judíos. El libro de Levítico contiene todas las prescripciones que para tal efecto ordenó Dios. Su finalidad era que a través de ciertas prácticas los hebreos pudiera mantener una comunión saludable con el Señor, sin embargo los judíos del tiempo de Jesús lo llevaron a extremos impensables.

El ritual de lavado de manos se convirtió en la piedra de toque de fariseos y escribas que hicieron del tema de la pureza ritual su estandarte para condenar a todos aquellos que a su juicio incumplían con la limpieza ceremonial que exigía la ley mosaica, y a ello agregaron el día sábado en el que a su juicio no se debía hacer ninguna obra, aunque fuera buena.

Sin embargo su tema favorito fue la pureza externa, la limpieza ceremonial ante los ojos de los hombres, sin importar lo que hubiera al interior de cada persona, para ellos lo fundamental fue siempre que públicamente los israelitas se cuidaran de cumplir con sus exigencias.

Jesús les dijo, entonces, que esa forma de concebir la vida espiritual era completamente equivocada porque la contaminación o impureza no era de fuera hacia adentro sino a la inversa: los hombres se ensucian cuando su corazón no está limpio. En realidad la impureza nace del corazón.

De esa forma Jesús enfocó claramente el origen de los problemas que convertía a los hombres en seres apartados de la presencia de Dios y con ello puso de manifiesto uno de los grandes males de las religiones: enfocarnos en lo externo sin atender el interior de cada creyente.

Es valioso lo que se hace externamente, claro que sí, pero es de mayor relevancia lo que sucede en el interior de cada discípulo. Es allí donde se libran las grandes batallas, es allí donde realmente está interesado Dios porque cuidarnos solo de lo que los demás ven es caer en la vil hipocresía.

El corazón debe estar limpio y puro para agradar a Dios. Si allí no hay integridad entonces todo lo que se construye en realidad se edifica sobre arena y tarde o temprano se caerá a pedazos y toda la gente se dará cuenta que todo lo hecho o todo lo externo resultó en realidad una simulación.

De allí la importancia de cuidar nuestros corazones para evitar que salga de allí envidia, malos pensamientos, inmoralidad sexual, robos, asesinatos, adulterios, codicias, chismes y orgullo.

Porfirio Flores
Indígena zapoteco de la sierra norte de Oaxaca, México. Sirvo a Cristo en la ciudad de Oaxaca junto con mi familia. Estoy seguro que la única transformación posible es la que nace de los corazones que son tocados por Dios a través de su palabra.

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