La Biblia dice en Romanos 12:2

2 No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento, para que comprobéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta.

Introducción

El mundo no va a cambiar. Es una frase fuerte, pero cierta. Debo fundarla para que no se tome como el resultado de un pesimismo ramplón, soso e insustancial. Para ello tomaré algunos referentes históricos que han hecho abrazar a los seres humanos la esperanza de un mundo mejor donde reine la justicia y los hombres puedan vivir fraternalmente.

La consolidación de la iglesia católica como una autoridad mundial hegemónica hizo pensar a muchos que la felicidad estaba cerca. Casi mil años de dominio sobre el orbe demostraron que fue una ilusión. La conquista de América demostró que la obtención de la riqueza pesó más que la vida espiritual de millones de indígenas que fueron literalmente masacrados.

El colonialismo europeo en Asia y África dejó en claro que las potencias jamás tuvieron consideración de los derechos humanos de los africanos y asiaticos. Su presencia en esos países dejó empobrecidos a sus habitantes. No les bastó reducirlos a nada, sino también despojarlos de todos sus recursos.

La primera y segunda guerra mundial dejaron en claro que el dinero si ha de servir para algo es para dominar. Millones de muertos y la pavorosa bomba atómica dejó en claro que el hombre se basta a sí mismo para destruirse. Ni los fenómenos naturales ni las bestias del campo pueden ser tan dañinas como el llamado homo sapiens.

Llegó entonces el nacimiento del socialismo y comunismo. Carlos Marx y Federico Engels escribieron que hasta que el proletariado controlara los medios de producción el paraíso llegaría a la tierra. Por sesenta años la URSS y Cuba parecían la meta de millones de seres que creyeron fervientemente en esa verdad.

De su parte, el capitalismo blandía a Adam Smith, creador del libro “La riqueza de las naciones”, como la única verdad para que la justicia económica se plantara en el mundo entero y también con Estados Unidos a la cabeza se dieron a la tarea de “convencer” a todos los países de la panacea del capitalismo.

El mundo vivió por lo menos seis décadas debatiéndose entre el capitalismo y socialismo para finalmente terminar por convencerse que ese modelo resultó un gran fracaso. La caída del muro de Berlín fue el corolario de una realidad que nadie quiere aceptar: el mundo no va a cambiar bajo ningún modelo porque se basa siempre en el esfuerzo humano, sin Dios.

Para que eso no parezca una defensa del capitalismo debo decir que a la caída del socialismo, el capitalismo inventó un nuevo concepto que llamó neoliberalismo y dijo que si el Estado dejaba de controlar ciertos bienes y servicios, la sociedad generaría riquezas y entonces se aceleraría el progreso.

Treinta años después comprobamos que fue una gran mentira. Siguen existiendo más pobres y solo un puñado de “afortunados” hombres han incrementado sus riquezas en niveles verdaderamente inmorales. El paraíso tampoco llegó porque sencillamente el mundo no va a cambiar. Y cuando se transforma es solo para seguir igual.

El mundo no va a cambiar, ¡cambia tú!

A. Cambia por medio de tus pensamientos
B. Cambia para comprobar la voluntad de Dios

En México la palabra transformación se utiliza hasta la saciedad. Vivimos, según nuestro gobierno, la cuarta transformación y bajo esa idea la palabra cambio, renovación, mutación y todas sus derivadas son utilizadas cotidianamente, pero muchas veces descubrimos que tal vez haya el ánimo y deseo, pero la realidad es que muchas cosas no se han movido un ápice.

Cuando Pablo le escribió a los romanos su carta, Roma era la capital del imperio más poderoso. Las discusiones que se suscitaban en esa ciudad se convertían en el pensamiento de todo el imperio. La fuerza militar de los romanos hacía fácil imponer criterios, ideas, pensamientos.

Todos eran arrastrados por esas corrientes de pensamiento. Una de ellas era el orgullo de ser romano. La altivez de sentirse parte de esa nación nacía justamente de la división social entre patricios y plebeyos. Los patricios eran los fundadores de Roma y eran automáticamente los ciudadanos. Los plebeyos podían ser también ciudadanos.

Por esa razón, Pablo les pide a los creyentes “no conformarse a ese siglo” es decir que no vivieran de acuerdo al tiempo presente, como dice la versión Dios Habla Hoy.

La palabra griega que la versión Reina Valera 1960 traduce como “conformarse” procede de la raíz griega “suschématizó” que se denota la ida de un molde o modelo para producir una serie de artículos. Lo que Pablo le pide a los creyentes es que no se dejen moldear por los tiempos o el momento que están viviendo.

Cada época de la historia está marcada por un modelo de pensamiento y lo que el apóstol solicita es que los hijos de Dios no copien ese modelo. El mundo ha tenido muchos modelos a lo largo de la historia. Por lo visto ninguno ha servido de mucho para cambiar al hombre. La palabra “siglo” o “tiempo presente” se origina de la palabra “aión”, que significa tiempo determinado, época, temporada, ciclo o edad. Es un periodo de tiempo marcado por algún suceso. El mundo ha tenido tiempos muy marcados donde un tipo de pensamiento moldeó a todos.

A. Cambia por medio de tus pensamientos

La carta a los Romanos pide a los creyentes tomar una decisión a contrapelo del molde del mundo y es que se transformen, que cambien, que muden sus pensamientos. El planteamiento del autor de la carta es sencillo: transfórmense por medio de la renovación de su entendimiento.

Si ha de haber un cambio profundo en la vida de las personas es el que nace de lo interno. El que nace de la mente. La palabra transformar que usa Pablo procede de la raíz griega “metamorphoó” de dónde procede la expresión en español “metamorfosis” que quiere decir un cambio surgido después de una experiencia personal.

Es un cambio propiamente interno mas que externo tan profundo que hace que transfigura a la persona, es decir le hace ver completamente cambiado ante los demás, no se trata de una transformación externa, sino de los más profundo del ser que lo lleva a conducirse y a vivir de acuerdo a moldes distintos a los de este mundo.

Para lograr eso el creyente debe renovar su mente. La palabra renovar procede de la raíz griega “anakainósis” que significa refrescar. Tiene también la idea de una mudanza completa para restaurar o si se quiere reiniciar en este caso todo lo que hay en la mente de la persona.

La palabra “mente” procede del griego “nous” que se traduce como comprensión o intelecto. Se refiere no solo al lugar donde se procesan las ideas y pensamientos, sino también al proceso de reflexionar, comprender o razonar. Esta es una facultad exclusiva del ser humano porque los animales no pueden procesar ni razonar sus ideas.

Los cambios profundos nacen, entonces, cuando el hombre renueva su mente o en otras palabras cuando su mente se dispone a cambiar lo que por mucho tiempo ha pensado que es verdad, pero que a la luz de nuevas evidencias ha notado y comprendido que lo que creía o pensaba era una mentira.

La mente del ser humano está reprobada según dice el propio Pablo en Romanos 1: 28. Necesita ser renovada y esa renovación viene o sucede cuando la luz de Cristo llega a su vida. La mente del hombre tiene dos fuentes para ser moldeada, los tiempos o la palabra de Dios.

No hay alternativa. O nuestros pensamientos son moldeados por lo que vemos y oímos en nuestro entorno o por lo que nos dice la Escritura. La mente del hombre ha sido renovada con la salvación en Cristo, pero necesita refrescarla siempre a través de la Revelación.

B. Cambia para comprobar la voluntad de Dios

La finalidad de renovar nuestra mente es para conocer la voluntad de Dios. La razón de estas palabras de Pablo es que el mundo vive en constante oposición a Dios. Así ha sido desde hace mucho tiempo. Cada edad, cada era o cada época tiene sus propios pensamientos siempre opuestos a Dios.

La renovación de la mente hará que lleguemos a entender que la voluntad de Dios es buena, agradable y perfecta, tres características que nos ayudarán mucho para entender las contradicciones que hay de tiempo en tiempo o en cada generación y de esa forma confiar en lo que Dios hace.

La voluntad de Dios es buena. En otras palabras lo que sucede en nuestra vida tiene el sello de Dios que es la bondad. Dios nunca hace nada malo para sus hijos. Siempre actúa haciendo el bien. El mundo engaña a todos haciéndoles pensar que Dios hace mal a sus hijos o que no es bueno.

La voluntad de Dios es agradable. La palabra que tal ve mejor podría darle sentido a esta expresión es “gratificante” porque así se traduce la expresión griega “euarestos”. El sentido de la expresión es que los designios de Dios traen una gratificación y en ese sentido son agradables.

Finalmente con una mente renovada el hombre podrá comprobar que la voluntad de Dios es perfecta. Dios nunca se equivoca. Nunca falla. Siempre sabe lo que hace y sabe por donde conduce nuestra existencia. La renovación de nuestra mente garantiza que lleguemos a apreciar esta verdad.

Porfirio Flores
Indígena zapoteco de la sierra norte de Oaxaca, México. Sirvo a Cristo en la ciudad de Oaxaca junto con mi familia. Estoy seguro que la única transformación posible es la que nace de los corazones que son tocados por Dios a través de su palabra.

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