La Biblia dice en Juan 6: 35

“Y Jesús les dijo: Yo soy el pan que da vida. El que viene a mí, nunca tendrá hambre; y el que cree en mí, nunca tendrá sed.”

A Juan le interesaba corregir algunas desviaciones doctrinales sobre la persona de Cristo y para ello escribió su evangelio en el que presenta a Jesús de manera sencilla y fácil de entender quien es. Sus ilustraciones son muy entendibles como la que este verso nos presenta como el pan de vida. 

El pan es una alimento presente en todas las culturas desde tiempos remotos. En Israel era un complemento dietético fundamental para los hebreos. Es tal su fuerza cultural que casi en todo el mundo la palabra pan se convirtió en sinónimo de comida, alimentación, subsistencia y vida. 

Y Jesús es justamente todo eso: indispensable para vivir, necesario para tener fuerzas y estar vigoroso, pero sobre todo para vivir satisfechos. Esta figura retórica que emplea el evangelista Juan nos lleva irremediablemente a pensar que Jesús es el único capaz de hacer que el hombre viva sin ninguna clase de necesidad del alma. 

Es tan completa la satisfacción que podemos experimentar en Cristo que Jesús afirmó que quien le busca de todo corazón y le acepta nunca tendrá hambre y nunca tendrá sed. Es decir su labor de llenar todos los espacios y rincones de nuestro ser interior se materializan de manera perfecta. 

Jesús se muestra como el único ser capaz de satisfacer por completo las necesidades que hay en el corazón del hombre. La paz que tanto anhela, la alegría para vivir y la fuerza que se necesita para enfrentar las grandes dificultades de esta vida las podemos obtener solamente en su presencia. 

Nos queda claro que las necesidades materiales no pueden por más grandes que sean llenar el alma del hombre. La insatisfacción es una permanente en todos los hombres por lo que las palabras de Jesús son la única alternativa para vivir sin ese vacío que nos hace sentir insatisfechos. 

El pan de vida sigue allí, a la mano para tomarlo, probarlo y comprobar que sigue llenando corazones vacíos para darles una razón permanente para vivir.

Porfirio Flores
Indígena zapoteco de la sierra norte de Oaxaca, México. Sirvo a Cristo en la ciudad de Oaxaca junto con mi familia. Estoy seguro que la única transformación posible es la que nace de los corazones que son tocados por Dios a través de su palabra.

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