La Biblia dice en Amós 3:8

“Si el león ruge, ¿quién no temerá? Si habla Jehová el Señor, ¿quién no profetizará?

El pueblo de Israel disfrutó del privilegio de tener siempre una palabra del Señor en tiempos de paz y en tiempos de guerra. Ellos jamás se quedaron sin la posibilidad de conocer la voluntad de Dios porque el Señor levantó hombres y los envió para que les revelaran sus deseos y lo que demandaba de ellos.

Amós ejemplifica la labor de los profetas del pueblo hebreo con el rugido de león para hacer notar el temor que provoca el llamado rey de la selva y ese mismo miedo debía provocar el mensaje que traían los videntes de Dios, pero sobre todo resalta la conexión indivisible entre el hablar del Señor y la profecía.

El profeta tenía muy claro que un emisario del Señor tenía un mensaje del Señor, que no podía hablar por sí mismo o por cualquier otra causa que no fuera un mensaje que Dios le había dado y esa era la esencia de su labor: emitir lo que Dios le había dicho que dijera y nada más.

Desde aquellos días ya había falsos profetas que se presentaban como verdaderos enviados por Dios, pero que su mensaje no tenía como origen la presencia del Señor, sino más bien lo que nació de sus pensamientos y sobre todo para agradar a quienes los escuchaban y así obtener una fama y también recursos materiales.

Hoy en día tenemos la palabra de Dios que nos habla siempre que nos acercamos a ella. Que de manera inequívoca nos muestra la voluntad de Dios y que dirigidos por el Espíritu Santo podemos tener acceso a la revelación divina, la cual sigue rugiendo como el león lo hace en la selva.

La Escritura despierta en nosotros temor, pero no ese miedo irracional, sino ese temor que nos lleva a respetarla y a obedecerla para honrar a Dios. Dios sigue hablando y seguirá haciéndolo a través de su palabra para mostrarnos su voluntad y su inmensa grandeza al no dejarnos sin saber lo Dios que desea de nosotros.

Sí, la Biblia, sigue rugiendo para recordarnos que su contenido es la perfecta manifestación de lo que Dios quiere para nuestras vidas y para tener memoria que lo que allí está contenido es verdad y que se cumplirá siempre.

Porfirio Flores
Indígena zapoteco de la sierra norte de Oaxaca, México. Sirvo a Cristo en la ciudad de Oaxaca junto con mi familia. Estoy seguro que la única transformación posible es la que nace de los corazones que son tocados por Dios a través de su palabra.

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