La Biblia dice en Juan 9:39-41

Dijo Jesús: Para juicio he venido yo a este mundo; para que los que no ven, vean, y los que ven, sean cegados.40 Entonces algunos de los fariseos que estaban con él, al oír esto, le dijeron: ¿Acaso nosotros somos también ciegos?41 Jesús les respondió: Si fuerais ciegos, no tendríais pecado; mas ahora, porque decís: Vemos, vuestro pecado permanece.

Introducción

La sanidad del ciego de nacimiento sirvió a Jesús para presentar el grave problema de la humanidad: la incapacidad natural para conocer a Dios. A esta incapacidad la Biblia le llama oscuridad, tinieblas y a lo largo de todo el Antiguo Testamento es palpable por la actitud no solo rebelde, sino incluso beligerante de los seres humanos ante el Creador.

Jesús fue claro al expresar uno de los grandes motivos de su presencia en esta tierra: hacer justicia o que se haga justicia, basada exclusivamente en la actitud de cada hombre y mujer con respecto a la persona del Hijo de Dios. Su presencia tenía, según sus palabras registradas en Juan, retribuir a cada persona según su respuesta hacia su mensaje.

La palabra “juicio” que usa el evangelista Juan en el verso treinta y nueve, procede de la raíz griega “krima” que tiene la connotación de un veredicto que en términos judiciales puede tener solo dos resultados: condenación y absolución de quien es juzgado o quien es sometido a un proceso judicial por sus acciones.

El sentido de la palabra es estrictamente jurídico. Se trata de un vocablo que nos hace pensar en un juez que se sienta a juzgar a un reo y que luego de revisar las acusaciones, escuchar los testigos, conocer los detalles que las partes ofrecen como pruebas para argumentar inocencia o culpabilidad, entonces emite un dictamen.

Y Jesús vino exactamente a sentenciar a los hombres exclusivamente por su actitud ante su persona. A quienes lo aceptaron los exoneró y les dio la vida eterna, pero a quienes lo rechazaron los condenó y fueron separados del mundo venidero por su decisión de cerrar la puerta de su corazón a sus palabras.

El epílogo de la historia de la sanidad del ciego de nacimiento nos enseña y muestra que cada persona decide que hacer con el mensaje de Cristo. Puede abrazarlo, creerlo y vivirlo, pero también puede resistirlo, desoírlo y rechazarlo completamente porque Dios no obliga a nadie a creer en él.

A esa decisión Jesús le llama ceguera. Hay quienes no ven, pero quieren ver. Hay otros que piensan que ven, pero en realidad son ciegos y esa actitud arrogante es la que justamente los condena porque carecen de la sencillez de aceptar que en realidad son ciegos incapaces no solo ver por sí mismos, sino también por otros.

El vital camino de lo natural a lo espiritual
Para evitar el juicio de Cristo
A. Por abrir los ojos y reconocerlo
B. Por cerrar los ojos y rechazarlo

Jesús está usando la ceguera física del ciego de nacimiento para hablar de la ceguera espiritual de sus contemporáneos. Es un recurso recurrente en el Señor para señalar a los fariseos y escribas que pensaban que el mensaje de Cristo no era para ellos, que no lo necesitaban o que en realidad no tenía ninguna relación con su estilo de vida. Pero no.

Mateo 23: 16-22 dice lo siguiente:

¡Ay de vosotros, guías ciegos! que decís: Si alguno jura por el templo, no es nada; pero si alguno jura por el oro del templo, es deudor. 17 ¡Insensatos y ciegos! porque ¿cuál es mayor, el oro, o el templo que santifica al oro? 18 También decís: Si alguno jura por el altar, no es nada; pero si alguno jura por la ofrenda que está sobre él, es deudor. 19 ¡Necios y ciegos! porque ¿cuál es mayor, la ofrenda, o el altar que santifica la ofrenda? 20 Pues el que jura por el altar, jura por él, y por todo lo que está sobre él; 21 y el que jura por el templo, jura por él, y por el que lo habita; 22 y el que jura por el cielo, jura por el trono de Dios, y por aquel que está sentado en él.

Y Mateo 23: 24 señala:

¡Guías ciegos, que coláis el mosquito, y tragáis el camello! Queda claro que los fariseos eran ciegos porque no querían aceptar el mensaje de Cristo porque a su juicio no lo necesitaban o su personal conocimiento era suficiente para agradar a Dios, algo en realidad completamente erróneo.

A. Por abrir los ojos y reconocerlo

La primera parte del verso treinta y nueve de nuestro estudio dice de la siguiente manera: “Dijo Jesús: Para juicio he venido yo a este mundo; para que los que no ven, vean.”

Cristo vino, siguiendo sus palabras en este verso, a abrir los ojos de los que no veían. Lo que quiere decir que el ser humano carece de luz y en consecuencia no puede ver. Debe quedarnos claro que no se refiere a la vista natural.
Se refiere a la capacidad de ver a Dios a través de sus obras. David decía categórico: Los cielos cuentan la gloria de Dios y el firmamento anuncia la obra de sus manos. David podía ver a través de la creación a Dios porque Dios le había abierto los ojos para contemplarlo por medio de la creación.

Pero no todos los hombre podían hacer lo que David hacía con la naturaleza: conocer a Dios. El salmo ocho es otro referente sobre esta capacidad del rey: Cuando veo los cielos, la luna y las estrellas que tú formaste, digo ¿qué el hombre y el hijo del hombre para que lo visites?.

Y como no todos podía hacer eso, lo que Cristo vino a hacer a este mundo fue abrir los ojos a quienes no podían ver. Su misión fue esa. Era y es como escribió Juan en su evangelio, la luz del mundo y todo aquel que en el crea no andará en tinieblas, sino que la luz de Dios resplandecerá sobre su vida.

Quienes reconocen su incapacidad para poder ver a Dios y sus bondades en este mundo, Jesús les ofrece y hace posible que puedan ver justamente como el ciego de nacimiento pudo ver el mundo por primera vez, cuando Dios nos permite verlo nuestra vida cambia radicalmente como cambio la vida de ese pobre hombre que nació sin poder ver.

B. Por cerrar los ojos y rechazarlo

La segunda parte del verso treinta y nueve dice de la siguiente manera: y los que ven, sean cegados.

Resulta estremecedor comprender estas palabras porque si bien Cristo vino a abrir los ojos de los ciegos, del mismo modo, vino también a cerrarle los ojos a quienes ven, un decir porque todos los hombres sufren por su incapacidad notoria para contemplar la creación y las maravillas de Dios.

Pero en efecto, el juicio que Cristo trajo a la tierra incluye a esa clase de personas arrogantes y soberbias que sienten, piensan y creen que ellos no necesitan de nadie para que sus ojos sean abiertos. Es interesante notar que cuando Jesús dijo que había venido a cegar a determinados hombres, los fariseos se sintieron aludidos.

Los versos cuarenta y cuarenta y uno nos muestran la manera en que interpretaron los fariseos las palabras de Cristo y también como Jesús les confirmó su interpretación ya que se sintieron aludidos con lo que Jesús les dijo.

“Entonces algunos de los fariseos que estaban con él, al oír esto, le dijeron: ¿Acaso nosotros somos también ciegos?41 Jesús les respondió: Si fuerais ciegos, no tendríais pecado; mas ahora, porque decís: Vemos, vuestro pecado permanece.”

Es la altivez lo que hace que una persona no admita que vive ciego. Es la autosuficiencia la que lleva a los seres humanos a considerar que ellos tienen la luz para enfrentar esta vida.

Pero eso no es cierto. La realidad es que los seres humanos no puede arrojar ninguna clase de luz que explique las grandes contradicciones que hay en el ser humano, la ciencia y el conocimiento se aproximan solamente, pero no pueden llegar a la raíz de los males en el ser humano, solo la palabra de Dios puede hacerlo.

Y si bien los avances científicos han superado en mucho las incapacidades de antaño para conocer un poco más al hombre, no ofrecen remedio alguno, sino solo teorías, a diferencia de la Biblia que señala el mal y el remedio. Señala, sí la oscuridad, pero también nos ofrece la luz que alumbra nuestra mente y nuestro corazón.

Porfirio Flores
Indígena zapoteco de la sierra norte de Oaxaca, México. Sirvo a Cristo en la ciudad de Oaxaca junto con mi familia. Estoy seguro que la única transformación posible es la que nace de los corazones que son tocados por Dios a través de su palabra.

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